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jueves, 30 de julio de 2015

La fórmula preferida del profesor

Cuando le regalan a uno una edición tan bonita como ésta de la editorial Funambulista y además, con dedicatoria, es deber prioritario del verano leerlo. Reseñarlo ya es otra historia, hemos tardado un poco pero aquí vamos.
La fórmula preferida del profesor es una historia seca, que se convierte en una novela encantadora. Lo que me llama la atención de los narradores nipones que conozco es la sequedad en el contar lo cotidiano, que provoca que las líneas líricas brillen aún más y que la metáfora sea más rara y escogida.
Esta historia se aparece, intangible, como un manga pausado de tintes dramáticos -para los que nos gusta la animación japonesa es inevitable esta representación mental-, y nos presenta a una madre soltera, empleada de hogar, y a su hijo de diez años, cuya vida da un giro al entrar al servicio de un anciano profesor de matemáticas.
La vida de la narradora protagonista muestra aspectos que obviamente no tienen magia ni gracia ninguna, pero Yoko Ogawa nos los cuenta con una concreción que se agradece, con una verdad que, como digo, puede parecer seca, pero es auténtica, pues se despega del pringoso manierismo verbal del que pecan muchas veces  escritores de nuestros contornos.
Así, de dentro de una, en principio oscura, casa de jardín, surge la figura de un señor destartalado, mermado como ser social, pero con un universo hiperluminoso por compartir. La puerta a ese universo la abre de forma definitiva el pequeño Root, con su bella coronilla chata.
Hay un personaje fantástico en este pequeño gran libro. Un personaje colectivo aunque incorpóreo: los números. Nunca pensé que una historia me invitara a jugar con ellos durante una tarde completa, a mí que tanto miedo les tengo, y me hiciera buscar los límites de mi pobre ingenio matemático. Ha sido una experiencia deliciosa, que además se puede compartir con otros, como yo hice con mi padre, y que les pique el gusanillo de las cuentas y la lectura.
En resumidas cuentas, una lectura sin edad ni fronteras que desconcierta, eso sí, un tanto a los no iniciados al béisbol, pero que merece unas cuantas fracciones de vuestro tiempo libre estival.




sábado, 18 de octubre de 2014

El laberinto junto al mar

Tras meses de forzoso abandono, volvemos a las andadas con una reseña largamente deseada. Se trata del conjunto de ensayos El laberinto junto al mar de Zbigniew Herbert, de aquí en adelante sólo Herbert, por obvias razones de economía. 

El laberinto es un cuaderno de viaje por tierras griegas que se completa con dos ensayos de temática diversa :" Sobre los etruscos " y " Clase de Latín" , que demuestran la devoción del escritor polaco por las civilizaciones mediterráneas antiguas y la filología clásica.

El paisaje griego escapa a cualquier descripción por culpa de su propia naturaleza(...) Resulta imposible recortar de aquella maraña de azules , de montañas, de agua, de aire y de luz una vista única que nos permita decir: así es Grecia.

Esta cita, al comienzo del segundo ensayo, es una oda al paisaje griego que invita a perderse en la búsqueda, a aquellos que aún no conozcan ningún rincón de la Hélade, o al recuerdo, a aquellos que, conociéndolo bien,  no se nos escapa esa sensación de "movimiento" de la que habla Herbert, que supera la mera variedad del paisaje para trascender. Es ese algo insustituible que reclamamos para el territorio heleno todos aquellos que lo hemos habitado durante períodos más o menos largos de tiempo.

Sucede con los libros de viaje de numerosos polígrafos europeos que comienzan con una expresión de desdén hacia la tierra tan soñada que pisan por primera vez. Me viene a la mente Kapušciński en Viajando con Heródoto al llegar a la India... El viajero occidental, por más que haya deseado pisar esa tierra que para él es sinónimo de mito, libertad o exotismo, se torna en un taquígrafo gruñón en sus primeras páginas de apuntes: protesta por todo aquello que extraña de su hogar, sea la higiene, el orden, la puntualidad; o todas estas cualidades juntas. Así son las primeras páginas de Herbert al narrar su llegada y comienzo de estancia en Iraklio, capital cretense. Después el discurso gira y nos traslada a bellos rincones de Creta, Samos, la Acrópolis ateniense... 

La lectura es agradable para los iniciados, más bien para los enamorados del arte y la geografía griegas, y un tanto tediosa en cambio para los que llegan al libro por casualidad o con las mismas ganas que a una revista de National Geographic. Estos últimos no llegarán al ensayo "Clase de Latín" sin saltarse alguna página. Los  frikis o nostálgicos de las clásicas disfrutarán de estas últimas páginas como de una dulce reivindicación de sus quehaceres.

Sin más, y con muchas ganas de volver a Cnossos, os animo a disfrutar de esta lectura.

viernes, 27 de junio de 2014

Los mundos sutiles

 Amo los mundos sutiles
ingrávidos y gentiles 
como pompas de jabón...

De entre todos los textos, reseñas de esto y aquello, que estoy esperando a plasmar en este blog después de mi parón opositor, me ha elegido el breve relato del documental sobre la vida y obra de Antonio Machado, "Los mundos sutiles", del realizador Eduardo Chapero Jackson. 
No me detendré en que se trata de poesía en imágenes. no comentaré el lirismo de las coreografías, la intensidad de una oscura Leonor llevando en volandas al poeta hacia su muerte, en un pasillo decadente tras la frontera. 
Lo que me llena de emoción es la capacidad de mezclar el arte con la playa y el extrarradio , de sacudir la pereza de un sofá cualquiera de una casa cualquiera, que impide leer a los poetas de gran nombre, conocidos por todos, de quienes está todo dicho.
Los mundos sutiles honra y engrandece al hombre y al poeta y lo envuelve en pompas de jabón para que no pesen sus años, ni su sombra, ni todo lo ya publicado. Sólo versos, cuerpo y luz.
En cuanto a mí, me levantó del sofá y me llevó de nuevo a la Tierra de Alvargonzález, y de allí estuve sin salir un par de días.
Si queréis reconciliaros con Machado  y con Castilla, incluso hasta con España, en caso de que os hayáis enemistado -lo que por otra parte no sería difícil-, dedicadle poco más de hora y cuarto a este estupendo documental.





miércoles, 12 de febrero de 2014

Ojos como los de Cortázar



Los ojos de mi niña son como los de Julio Cortázar a ratos, cuando está dormida. Claro que son mucho más lindos. Perdona Julio, pero no hay pasión literaria que pueda con la pasión de una madre, especialmente la de una que, sentada en el suelo, arrastra el bolígrafo por papel mientras una manita ávida de tacto y aprendizaje le boicotea el escribir.
En fin, que hay veces que, cuando duerme en mis brazos, sus ojos son como los tuyos, Julio, rasgados sin un porqué ni un origen claro; oblicuos, como podría ser el camino hacia un mundo nuevo. En ese camino aprenderíamos a sentirnos como de otras latitudes y al final, incluso hasta nos comprenderíamos, sin pensar en que somos del norte o del sur.
Pues sólo con ojos oblicuos se ven todas las capas de los sueños y los despertares, se puede perseguir la melodía perfecta, beberte las babas del diablo y dar la vuelta al día en ochenta mundos.Y seguir vivo, ahí es nada.
Hoy, a pesar de tus aniversarios, es un día feo. Y no por la lluvia, sino porque parece que hoy ganan personas insolentes, que insultan la misma vida que pretenden legislar. 
Por eso hoy, celebro la magia oblicua de los ojos de mi niña y decido ponerme a leer Rayuela, como si la leyera por primera vez.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Baila, baila, baila

Una mañana de Julio, en un espacio quirúrgico. Antes de nada, la enfermera pregunta: ¿Qué lees? "Una novela" ¿Y de qué va? Cuéntame. Dice para distraerme, sin un interés real en la pregunta, aunque sí en el paciente. Hay un cierto tipo de cortesía que siempre se vuelve en contra de los españoles, pero no terminamos de entenderlo. Respondo. "Un tipo de unos treinta y tantos se da cuenta de su incomunicación, de que está como desconectado del resto del mundo, incluso de quienes alguna vez lo han querido, y se embarca en una búsqueda. Se convence de que el nodo de su existencia (ni de broma utilicé esas palabras, no estaba tan lúcida), su único punto fijo, es un hotel en el que pasó unos cuantos días felices con una mujer hace cinco años. Cuando regresa a dicho hotel, se encuentra un edificio ultramoderno que ha absorbido el anterior establecimiento, aunque mantiene su nombre, y en él halla la entrada a una realidad paralela, donde un hombre con piel de carnero le asegura que todo está conectado y que no puede dejar de bailar. Y es ahí donde comienza..."

Recupero la mirada perpleja de la enfermera y oigo a mi acompañante decir: es que es profersora de literatura... 

Ahí queda el intento, igualmente fallido aunque más auténtico que el de la contraportada de la edición de Tusquets, de resumir lo inabarcable.

No me gusta leer a escritores de moda. Con la literatura me ocurre, lo mismo da que le mire la cara de profesión que la de devoción, que siempre estoy intentando ponerme al día, o por lo menos es la sensación que tengo. Hay tanto por leer que todavía no he leído y debería haber leído, que descarto cantidad de títulos. No sé si hago bien o mal. El caso es que Murakami es bueno. Me resulta muy valiente en sus relatos e impecable en sus formas. Ojalá pudiera leerlo en original, aunque no desmerezco al traductor, en absoluto, me parece un héroe.

Pues eso. Leed Baila, baila, baila, dejaos viajar por los sucesos y lugares, y haced honor a aquello del "baila como si nadie estuviera mirando", que como consejo vital no está mal.

sábado, 26 de octubre de 2013

Zweig y las píldoras azules

¿Dónde convergen una novela tradicional de un escritor austríaco de la primera mitad del siglo XX y una novela gráfica publicada por un artista suizo en los primeros años del XXI?

En este compas otoñal de lecturas dispares han caído en mis manos La Impaciencia del Corazón, de Stefan Zweig, y Píldoras Azules, de Frederik Peeters. Volviendo a la pregunta de inicio, la respuesta sería: en el concepto de compasión y cómo en la moral tradicional se lo ha unido indisolublemente a nuestra capacidad de amar, en definitiva, de ser humanos.

La novela de Zweig llevaba por título, anota la editorial Acantilado, La piedad peligrosa, que como veis habla por sí solo. Joven teniente del ejército traba amistad con la hija parapléjica de un noble húngaro, ella se va enamorando en la misma medida que él se va cubriendo de gloria mesiánica por ser tan bueno con la pobre "tullida". Os reseño a continuación lo que de técnico me ha llamado la atención de la novela:
  •  Modernidad, experimentalidad... limitada. 
  • Técnica narrativa, tan líneal como impecable.
  • Profundidad psicológica (topicazo al hablar de este autor en todos los sitios consultados), abrumadora en ocasiones: en algunos párrafos la identificación con el protagonista resulta verdaderamente catártica; abrumadora más bien constantemente: te saltarías páginas enteras porque conoces ya al muchacho como a tí mismo.
La impaciencia del corazón nos coloca frente a frente con lo que podríamos llamar compasión mal entendida: "salvar" a otro ser humano de sí mismo, de sus circunstancias, regodearse en la autocomplacencia de ser tan bueno con alguien para luego... El mensaje no deja de ser una moraleja, nacida de un conflicto moral e individual de cierto interés, pero con demasiados roces místicos y pocas aristas: cuidado con el amor por pena, con pena, sin gloria, que resuelve la pretendida bondad: la descompone y la aniquila por piezas.

Del Imperio Astrohúngaro de en torno al 14 a Ginebra en el cambio de milenio. La obra de Peeters nos transporta a otro código narrativo: el fluir de las imágenes, los planos abstractos al comienzo de cada secuencia, trazos que pueden ser células o soles... viñetas de astros celulares. Bello.

Sutileza en lo metafórico y un lenguaje preciso, sin ampulosidad, ajustado a lo que de verdad quiere decirse. Así nos cuenta el autor la historia de amor entre un joven dibujante y una madre soltera seropositiva. Su relación con la muchacha y su hijo de tres años, también portador del VIH, nos hace temblar de ternura. El protagonista valdea sus miedos, sus dudas a cerca del componente de compasión en su relación con valentía. El álbum recorre las hazañas cotidianas de una pequeña familia y nos transmite cómo es una relación en términos "desiguales" (o "discordantes" , como les insinúan a los personajes al comienzo de la narración): no esconde sus complejidades. Hay miedo: al contagio, al equilibrio en su relación con el crío, a que la identidad de enferma de la persona amada pese más que todo lo demás.

Pero, y podría decirse que la diferencia entre las dos historias radica en la época pero me inclino más a pensar que es cuestión de las personas, en ésta no hay pena. Miedo hemos dicho, dudas, rabia, pero no la compasión clásica y pringosa.

La historia nos sorprende porque convierte un statu quo trágico en una intensa aventura vital y a la  mitad enferma de la pareja en objeto de constantes dosis de admiración.

Os recomiendo ambas obras, según el tiempo y la disponibilidad para la lectura. El de Zweig es un novelón, con lo bueno y lo malo de lo decimonónico, y el álbum de Peeters lo recomiendo como arte gráfica (como inexperta pero entusiasta del género), como historia... y como amor.


jueves, 16 de mayo de 2013

Si una noche de invierno un viajero...

No hay nada para volver de las telarañas cotidianas de la inspiración como una buena lectura. Corrijo: una lectura excepcional, porque de las buenas ha habido varias en estos dos meses de sequía bloguera, y aun así, ha sido ésta la que ha movido y removido estas líneas de recomendación.

Mis buenos amigos D. y S. supieron recomendarme Si una noche de invierno un viajero de don Italo Clavino, sin desvelar nada de su trama, estructura, o de las virtudes que podrían servir de anzuelo. Rara virtud en estos tiempos en que los spoilers corren y campan a sus anchas, o por lo menos, en los que todo el mundo quiere decir mucho de todo. Si leyeran este cumplido, me dirían: "¡no fue por ser sabios y sensatos (que lo son, y mucho, los jodíos)! ¡no habríamos sabido definir el "de-qué-va"!". Seguro que habrían sabido, el caso es que no lo hicieron, y yo voy a tener la misma cortesía con vosotros.

Tan sólo quisiera decir que me resulta una lectura fundamental dentro de la novela del último cuarto del siglo XX y a citar, no me resisto:

-Leer -dice- es siempre esto: hay una cosa que está ahí, una cosa hecha de escritura, un objeto sólido, material, que no se puede cambiar, y a  través de esta cosa nos enfrentamos con alguna otra que no está presente, alguna otra que forma parte del mundo inmaterial, invisible, porque es sólo pensable, imaginable, o porque ha existido y ya no existe, ha pasado, perdida, inalcanzable, al país de los muertos...
-... O que no está presente porque aún no existe, algo deseado, temido, posible o imposible -dice Ludmilla-, leer es ir al encuentro de algo que está a punto de ser y aún nadie sabe qué será...

Esta entrada es un homenaje, más que a Calvino, a los grandes amigos y a los grandes libros, especialmente si vienen juntos. Gracias, chicos, por prestarme tantas horas de genial lectura... y por todo lo demás.


jueves, 7 de marzo de 2013

Decálogo del perfecto cuentista, de Horacio Quiroga

La web Mundo Palabras publicó el otro día el Decálogo del perfecto cuentista, del maestro uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937). Como todo lo que viene de un maestro es... magistral, no tiene desperdicio, por ello lo reproduzco, para que a mí no se me olvide, por un lado, y para que aquellos que paséis por aquí y seáis un poco cuentistas, saquéis todo el provecho de él para vuestros relatos. Ahí va:

1) Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.
2) Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
3) Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
4) Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
5) No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
6) Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
7) No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
8 ) Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
9) No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
10) No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

lunes, 4 de marzo de 2013

El Anticipo

No puedes recordar.  Hay algo que te impide comenzar a escribir recordando, dejándote a la melancolía y a las palabras fáciles, como si ambas juntas fueran la peor de tus afecciones, como si siempre hubieras estado enfermo de melancolía y simpleza.

Asume, en primer lugar, que no puedes escribir como la música que escuchas.  Las palabras nunca serán edificios de la nada y pura percepción. Tus palabras ocupan espacio, pesan, incordian, rara vez, por no decir nunca, son inocentes, ya que siempre, siempre tienen un efecto más prolongado que su sonido. Son memoria. A la vez, sin embargo, pueden ser tan fútiles. No por tus torpes desmentidos, poco tienen que ver, pues son también y de nuevo ilusoriamente verbales. No es tanto eso, como que parece que tus palabras se quedan sin resuello antes de llegar a lo que realmente quieren decir. Resuello, qué bonita palabra dices, porque te invita a metáforas, te suena a aire de cuchillo entrándote por la garganta cuando intentas volver a hablar de Ella. Compleción, qué asco de palabra, no lo dices pero lo piensas, porque no tiene imagen posible en ti desde que la perdiste, a Ella, no la palabra ni la imagen, sino que la perdiste a Ella.

Sea como fuere. Busca afuera. Siempre te quejas de que vives algo así como en las afueras de una Los Ángeles desvaída, con los mismos paseos marítimos decadentes, las mismas tiendas que ofrecen poco o nada llenas de gente, las mismas corrientes de rostros curtidos por el  sol y piernas anglosajonas blanquecinas, deseosas de atención, de anhelo, de deseo de algo nuevo. Puede que tengas razón, puede que estés en una California sin Pacífico, donde el mar –y el mal- se levanta siempre en calma y no se estila la muerte violenta, sino más bien el deterioro languideciente de miles de elefantes que agotan sus pensiones en la siempre pretendida calidad de vida mediterránea. Dime si eso no es violento. Hay una cierta violencia en poder elegir dónde morir. Supongo que lo comprendí la primera vez que escuché en una radio anglosajona de la costa el anuncio de una empresa de servicios funerarios y de repatriación. Para que cuando llegue el momento, ni usted ni su familia tengan que preocuparse por nada. Los suyos recibirán su cadáver en su domicilio por el módico precio reflejado en el contrato. Bam, bam. No oyes los disparos, los dramas de los elefantes, la muerte soleada. Eso tampoco te inspira. Lástima.

Puedes mirar más allá del paisaje urbano y humano, puedes crearte personajes fantásticos: sus estados de espera, sus vacilaciones… hasta su no hacer nada con nadie. Eso sería pura fantasía. Hoy no hay relato donde alguien haga nada con nadie, donde alguien espere, o dude. O se dé la vuelta tras haber cambiado de opinión. Hoy no se hace eso. Hazlo tú. No, no te sale. Bueno, pues sinceramente, no sé qué más quieres que diga.

A estas alturas, y a las anteriores, a las de hace un año, contando con todo lo que te pasó, no concibo tu inacción. Si no puedes escribir, no escribas. Haz otra cosa con tu vida. Vete al extranjero. Vive algún paquete de experiencias de los que son imprescindibles según alguna biblia hipster de mierda. 

Lamentablemente, solo tú conoces las maneras. Si no puedes revivir nada de aquello, si no puedes empezar a ponerle ni una línea a aquel desgarro de la realidad, a aquel desmontaje de la vida tal y cómo la conocías, a esa eterna querencia de su regreso, a esa anulación del tiempo y del espacio hasta que vuelvas a tocarla, lo entiendo. Cómo se atreve uno a volver a sentir el pecho tan pétreo, y en él, una angustia tan furiosa que parece que vayas a perderte por fin, una desintegración aguda de lo que alguna vez pudo significar ser feliz. 

En fin, Ella no está y vivir es como correr bajo el agua.

Estaré donde siempre. Si te decides a mostrarme algo de detrás de lo ingrávido, una página, página y media, te la pagaré como si fueras a escribirme la mayor de las novelas.

miércoles, 20 de febrero de 2013

La muerte silenciada

La muerte silenciada es el nombre del documental sobre el suicidio emitido por Documentos TV el pasado domingo 17 de Febrero. Sin conmemoraciones, sin "Día Internacional de...", sin excusas, y sin demasiados ambages a la hora de tratar el tema, el documental nos adentra en la realidad de la que ya es la primera causa de muerte violenta en España, pero de la que nadie, o casi nadie, habla.

De ahí la relevancia del título, La Muerte Silenciada, la muerte que lo es pero que no es reconocida a nivel social, y todos sabemos, o intuimos al menos, lo difícil que es asumir algo que se calla. El documental recoge diversos testimonios, miradas sobre el suicidio desde el punto de vista de profesionales de la Psiquiatría y la Psicología Clínica, pero también, de supervivientes a intentos de autolisis y de familiares supervivientes de personas que sí consumaron el suicidio.

Es cierto que es muy duro recoger el drama de las personas que se quedan aquí sin poder obtener respuestas, les pueden dar la coartada de una enfermedad mental, de una enajenación transitoria, pero en el fondo, no pueden saber lo que pasó, porque no pueden preguntárselo a la única persona que podría, siquiera, empezar a darles una respuesta. Es cierto, es muy duro. Pero pasa. Y lo que en mi opinión plantea el docuemental acertadamente es que si la realidad del suicidio se hiciera más visible y los supervivientes pudieran reunirse y hablar sobre ello, esa clase de duelo brutal podría hacerse mejor, podría tener más sentido.

También los testimonios de personas que han intentado quitarse la vida pero que por lo que fuera no lo consiguieron, y que ahora, han conseguido reconstruirse en diversos grados y pensar en la vida en diferentes términos que antes, es otro de los puntos a favor de este estupendo documental.

He decidido dedicarle esta reseña al reportaje, y recomendar su visionado porque es la manera que he encontrado para tratar el tema del suicidio -pues carezco de una visión técnica o personal- y contribuir en esta pequeña medida a dar visibilidad a esta realidad. Porque resulta que no, que algo que afecta a muchas, muchas personas, no puede ser relegado al "es que es deprimente" o "es que eso es de estar loco". Porque resulta que no se pueden maquillar las estadísticas o no recogerlas con exactitud, y no darle cobertura mediática, porque nos jode la imagen de paraíso mediterráneo (¿alguien recuerda el tweet de la clarividente Ana Rosa Quintana, intentando echar por tierra los avances de la educación pública en Finlandia, porque "¿y el frío, y los suicidios?"). 

Pues el suicidio pasa. Y para decir más y de paso ir cerrando, me remito a un señor que con una lucidez irrebatible construyó algunos de los mejores relatos del siglo XX, como La Peste o El Extranjero, Albert Camus, quien dedicó un más que consistente ensayo filosófico al suicidio, El Mito de Sísifo, llegando a afirmar: 
No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio.
¿Por qué no nos quedamos con la cita de Píndaro que Camus eligió para abrir el mencionado ensayo?
 No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible.




Podéis acceder al documental en el enlace de la primera línea a la página web de Rtve-Documentos TV, o desde You Tube.


lunes, 28 de enero de 2013

Una tregua

Es precisamente lo contrario de los días sin escribir. Precisa y ajustadamente. Los días que no escribo pienso que está bien, que no pasa nada, que vivo más tiempo. En busca de las palabras más reales, me pierdo en expediciones de análisis de un mundo que no comprendo, rastreo una cierta solidez a mi alrededor, me conformo quizá con esa sólida certeza que parece que yace siempre en palabras de otro.

Me conformo quizá. O quizá los tallos no florecen porque estamos en enero. 

Al final del texto imaginado, hacia el final de la melodía de los metales, cambio de opinión. Lo mejor, mejor que estas palabras y sus muchas o pocas lecturas, más allá de un suelo y unas pisadas que nunca serán del todo concluyentes, es poder tomarme del vientre y, simplemente, sentir. Nunca el cielo se abrirá lo suficiente, tanto, tan infinito e inagotable, como yo lo abro con mis manos ahora.

El día de hoy es como una tregua en Beirut.


Beirut. Elephant Gun

miércoles, 9 de enero de 2013

Rescate por creatividad

Resulta éste más un Happy New Fear que otra cosa, porque en este "últimamente" que lleva tres años sin cambiar, los comienzos parecen ser momentos de terror en vez de oportunidades. Qué miedo da ver que cuando las luces se apagan y los demás vuelven al trabajo, tú te quedas inmóvil, a punto de dar el siguiente paso pero el lado oscuro te agarra la pierna derecha y te fija al suelo... y tú tiras, y tiras de la pierna, y pones cara de estreñido, y te convences de tu esfuerzo, y se lo dices a los demás: "Oye, mira, que yo lo intento, que yo sigo tirando, que créeme, que no te miento..."

Por primera vez -lo digo y hasta me lo creo- no estoy hablando de mí. Hablo de millones de nombres que nunca conoceré, que se despiertan cada día sin trabajo y sin motivaciones, que tiran de según que pierna les toque para levantarse y "hacer algo" cada día. Miles de entre esos millones jugándosela con la exclusión. Otros muchos se la juegan, "simplemente" (qué fácil), con la tristeza. 

Digo que no hablo de mí. Yo poco puedo decirles, salvo que hay cierta trilogía (sin precuelas, por favor) que cuenta que al lado oscuro solo lo vence la Fuerza. Digo que no hablo de mí porque yo soy afortunada, a mí me está naciendo una Fuerza que ha liberado mis dos piernas y me hace sobrevolar cualquier yermo, pero soy consciente de que no todo el mundo tiene la misma suerte, así que mi deseo de año nuevo para todas aquellas personas que lo están pasando mal es que la Fuerza les acompañe, cualquiera que sea.

Hay un especial destinatario de este mensaje -él lo sabrá cuando lo lea- para quien el deseo es aún más fuerte si cabe.

P.S: Y resulta que barruntando todo esto y echando vistazos y mientras rebusco fuentes bibliográficas y saco adelante mi advanced English como buenamente, me he encontrado con esta pieza de Love of Lesbian, "Orden de deshaucio en Mi menor", que no está "allí donde solíamos gritar", pero no deja de ser un grito... De fondo se escucha parte de este fragmento de una entrevista al gran Nabokov (que copio y pego a continuación) y me he dicho: "esto es un rescate por arte". Feliz Año Nuevo.


No sé por qué me gustan tanto los espejos y los espejismos. Sé que a los diez años me apasionaban los trucos de magia. La magia a domicilio con sus instrumentos: el sombrero de doble fondo, la varita con la estrella, el juego de cartas que entre los dedos se metamorfosea en cabeza de cerdo. Sí,sí. Todo eso te llegaba en una gran caja de los almacenes Peto, calle de la caravana, cerca del Circo Cíniselli, en San Petersburgo. Dentro venía un manual de magia que enseñaba cómo hacer desaparecer o cambiar una moneda entre los dedos. Yo intentaba hacer esos trucos delante de un espejo, tal como aconsejaba el manual: "Ponte delante de un espejo". Y mi carita, pálida y seria, reflejada en el espejo, me aburría... Me ponía un antifaz negro que me daba mejor cara; pero nunca llegaba a igualar al famoso mago Mister Merlín , a quien solían invitar a las fiestas infantiles y de quien yo intentaba en vano imitar el parloteo, frívolo y engañoso, que mi manual quería que yo recitara para eclipsar mis juegos de manos. Parloteo frívolo y engañoso: he aquí una definición engañosa y frívola de mis obras literarias... Pero esos estudios de escamoteo no duraron mucho. "Trágico" es un término muy fuerte, pero hay algo trágico en el incidente que me hizo abandonar esa pasión, relegar la caja al cuarto trastero con los juguetes difuntos y los títeres rotos. Una tarde de Pascua, en la última fiesta infantil del año, no pude evitar mirar por la ranura de una puerta para ver cómo iban los preparativos que hacía el señor Merlín para su número de salón. Le vi que entreabría un secreter para meter tranquilamente, abiertamente, una flor de papel. Y la familiaridad de aquel gesto era innoble comparada con el hechizo de su arte. Yo entendía de ello, sabía qué ocultaba el frac ajado de un mago, y qué pueden hacer los magos. Ese vínculo profesional, vínculo de mala fe, me llevó a revelar a una primita mía, Mara Jevuska, en qué escondrijo hallaría la rosa que Merlín escamotearía en uno de sus trucos. En el momento crítico, la pequeña traidora, blanca y de pelo negro, señaló con el dedo el secreter, gritando: "¡Mi primo ha visto dónde la ha metido!" Yo era muy joven, pero ya distinguía o creí distinguir la expresión atroz que contrajo las facciones del pobre mago. Cuento este incidente para satisfacer a mis críticos perspicaces que declaran que en mis novelas el espejo y el drama andan muy lejos. Porque debo añadir: cuando abrieron el cajón que los niños señalaban entre burlas... la flor no estaba.

Fragmento entrevista al escritor Vladimir Nabokov autor de "Lolita" por Bernat Pivot en junio de 1975.

domingo, 9 de diciembre de 2012

La chica que pelaba cebolla

Por "alusiones" a que este microrrelato debería aparecer en la página "principal", ahí va un homenaje a los orígenes de mis narraciones ordinarias:

Había poca luz en la cocina, la verdad. No había suficiente luz para llevar a cabo tareas que requieren precisión milimétrica, y sin embargo, ahí estaba ella, erguida y poderosa, con el cuchillo que había venido de regalo con la edición dominical del periódico. No estaba segura de poder terminar la colección. Aun así seguía enfrascada en su misión. 
Sonó el timbre y se sobresaltó. Fue a ver quién era, extrañada: nadie llama al timbre de estos bloques residenciales en domingo, a no ser que sea familiar o amigo, visitas más o menos deseadas. Al otro lado, la imagen convexa de una mujer embarazada vestida de verde ocupaba toda la mirilla. Parecía nerviosa, movía el cuerpo con el balanceo de punta a talón, y miraba de arriba abajo esperando respuesta de la maldita puerta. Maldita puerta. Abrió sigilosa y saludó: "Hola, ¿querías algo?", "Perdona", le dijo, sorprendida, atónita incluso, "he debido de confundirme, eh... no es aquí, disculpa, eh, no, yo... no quería molestarte". La voz entrecortada y el nerviosismo acentuado, sus ojos se movían en todas direcciones salvo en la que llevaba a los ojos de su interlocutora. "Hay que ver....¡no pasa nada, mujer!, pareces agobiada, ¿no quieres pasar y tomar un vasito de agua o de zumo? Te sentará bien..." "No, no, no, ni hablar... ya te he entretenido bastante. Tengo que irme". Esto último sonó contundente. Desapareció tras el cortafuegos y esperó el ascensor.
En fin, ahí estaba el encuentro extraño del día. Aún sin entender muy bien lo que había pasado, volvió a la mal iluminada cocina (día nublado, ¿cuándo se iba a acordar de llamar al electricista?) y siguió con lo suyo. La cebolla estaba ya completamente pelada, sólo quedaba elegir cómo cortarla. Mientras pasaba sus dedos por la capa exterior, pensaba en los ojos temerosos de la muchacha. "¿Por qué estaría tan asustada?", pensó. Comenzó a cortar la cebolla en tiras, manejaba el cuchillo con firmeza y ternura a un mismo tiempo, como si hubiera nacido para ello. "¡Claro!", se dijo, "¡el cuchillo! ¡pero qué estúpida soy! ¡la pobre chica habrá pensado que soy una loca con tendencias homicidas! Hay que ver... ¿a quién se le ocurre salir a abrir la puerta con un cuchillo japonés en la mano?" Eso había sido, el cuchillo.
Un grito ahogado produjo, de repente, un apagón a su alrededor. La cocina desapareció tras sus ojos cerrados. La sangre salía a borbotones del dedo índice de su mano izquierda, tanto, que empapó su camisón verde con una enorme mancha roja, en forma de uve. Salió corriendo hacia el baño, metió el dedo debajo del grifo. Intentaba apretárselo con fuerza, pero la hemorragia no paraba. Buscó por todo el armario algo para desinfectar la herida. Sin éxito. El suelo lleno de cajas de medicamentos. Se agachó y cogió como pudo los algodones y el esparadrapo. El corte era profundo, no pintaba bien. Empezó a ponerse nerviosa, trató de calmarse. Respira hondo, respira. De pronto, sintió un agudo pinchazo en el vientre. No, no hay que tener ciertos accidentes en el octavo mes de embarazo. Hay que ver...
Los vecinos de detrás del cortafuegos no estaban. Malditas puertas. Malditos bloques residenciales. La ambulancia tardó en llegar hasta allí. Llaman al timbre. Al otro lado, la imagen cóncava de una mujer embarazada vestida de verde ocupaba toda la mirilla.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Un año de blog

A finales del pasado mes de octubre se cumplió un año de esta aventura que llamé De Manchas Solares y Lunares; a las primeras les dediqué título porque representan el máximo de luz, y porque son inalcanzables: el acercarse a ellas nos arrasaría de tal forma que no quedaría huella alguna de nosotros. Es un homenaje, supongo, a ese deseo incandescente de abarcar todo el universo. Un deseo que puede moverte más allá, a querer siempre más, a aprender mucho más, a ver, viajar, sentir, vivir mucho más... pero que si no se domina puede provocar quemaduras graves, especialmente en la retina, que te impiden ver lo que tienes más cerca: las cosas grandes, buenas, jugosas y luminosas que tienes cerca.
A los segundos, los lunares, los incluí en parte por el juego de descubrir manchas también en la luna, en el satélite de los colores fríos, que siempre fueron los míos. Pero por debajo y al poco tiempo, surgieron los lunares, en masculino, en homenaje a esas pequeñas manchitas, nada siderales, en todo corpóreas, que tenemos en la piel. Son a veces diminutas, cuanto más pequeñas suelen aportar más belleza. Y a veces pasan desapercibidas, a no ser que estén junto a la boca, cielito lindo. Hay muchos lunares escondidos, que van surgiendo con el sol, y algunos no te los puedes ver más que con un espejo, o aún mejor, solo si te los señala otra persona.
Así que, comenzamos otro otoño de aventura, con el propósito de no abandonarla, y las ganas de explorar más historias pequeñitas que le vayan saliendo en la piel al mundo.


 


domingo, 21 de octubre de 2012

Sat down and cried

Un buen día y sin venir a cuento, el humano tuvo la muy previsible impresión de que no sería capaz de engañar a la escritura predeterminada de los dispositivos de espejo negro, pues en su subrayado leía la impotencia de quien se sabe adivinado en la siguiente palabra. El humano entonces se sintió tan pequeño en sus opciones y tuvo tanto miedo de equivocarse, que prefirió dejarse llevar en la vida y en el discurso, abandonándose a la sabiduría monstruosa e impenitente de la tecla enter, que elegía, con la callada arrogancia de los confiados poderosos, la palabra adecuada, el acento preciso en la vocal exacta, sin dudar entre diptongos e hiatos, sin revisar la caída de la frase en la ironía.
Fue entonces cuando el gran Engranaje tomó el control de todo lo nunca escrito y se dejaron de ver nuevas palabras. Y todas las palabras que empezaban por "re" se convertían en "renunciar", y no había pretéritos imperfectos ni condicionales, así que casi nadie expresaba deseos ni hipótesis imposibles, que son siempre las mejores. Y ya no había errores propios, sólo frases mal hechas. Y no había libertad de expresión, porque, sencillamente, no había expresión.
Fue entonces cuando de verdad el mundo pareció demasiado grande y múltiple, y farragoso e inabarcable, y hasta feo. Entonces, y no hubo necesidad de ir a Gran Central, bajé al parque de al lado de mi casa, me senté y lloré.
Mucho rato después, con el cambio de luz a crepúsculo que recuerda que todo es temporal, y pensando que, quizás, el subrayado menos previsible de todos es ahora un final feliz, subí a casa, cogí papel y boli, saludé al muchacho de la gabardina que son todos los autores -hayan escrito o no- que me han hecho comprender algo en la vida, y me senté a escribir. 

viernes, 19 de octubre de 2012

Bartlebys

Conclusiones de la lectura de Bartleby y Compañía, o de cómo un relato fragmentado sobre la Literatura del No (escritores que dejaron de escribir, o que desaparecieron, o ambas cosas, o escritores sin obra), en forma de notas a pie de texto invisible, te convierte en un fanático del Sí, del vamos a leérnoslo todo, del hacer listas interminables de novelas, del rastrearlas todas en las bibliotecas de los pueblos de al lado, de eso de que no he acabado uno y ya quiero comenzar con el otro...
Conclusión primera:  recopilar justificaciones ingeniosas, para evitar pensar que son justificaciones: si vas a dejar de escribir, por cualquier motivo, invéntate un "tío Celerino" que haya dejado de contarte las historias, cfr. la nota sobre Juan Rulfo, el autor de Pedro Páramo.

Conclusión segunda: descubrir a Salinger en escenas de autobús junto con un extraño objeto de deseo, ensayos y errores mentales para morirse de la risa.

Conclusión tercera: es delicioso comprobar cómo había grandes talentos que sabían esconderse. De hecho, uno de sus grandes talentos era esconderse... con esa clase de talento es imposible tener una vida aburrida. Me quedo con Traven y todos sus demás nombres.

Conclusión cuarta: es reconfortante encontrar a otro alguien, aunque no sea un alguien sensu stricto, sino un narrador ficticio, que esté de acuerdo conmigo en que, a pesar de ser un poeta inalcanzable, Rimbaud era un gran gilipollas.

Conclusión quinta: es paradójico que el autor se refiera a la pintura como si la emprendieras con el cosmos desbordante de resplandores con un simple cepillo de dientes; que sí, que es verdad, pero no es menos frustrante emprenderla con un agujero negro de sensaciones corporales y másallás con un gran montón de uniones convencionales de sonidos y letras. Que sí, que Duchamp se lo montó muy bien, pero a los demás nos queda esa desazón abisal de quedarnos incompletos de Vida en la Literatura.

Conclusión de conclusiones: entre novela de trama y novela de entretenimiento, sacad un rato para leer Bartleby y Compañía, os dará ideas, y os entrarán ganas de dejar de escribir, si es que lo hacéis, esperando que Vila-Matas se plantee una revisión y ampliación de este libro y os incluya.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Cartografías


Tu piel es
un eterno crescendo
pues no acierto
a escalar
y ya estoy cayendo
en nuevas alturas
horizontales:
el cielo cubierto,
los soportales,
yo misma leyendo, tú
de mi lado
a través de las fronteras vitales.
Ábreme los mapas,
no señales nada,
lléname de desconcierto.
Llévame en tu cuerpo.
Siempre falta, 
un último verso.



Hope there´s someone

There´s a ghost in the horizon
when I go to bed
How can I fall asleep at night
How will I rest my head

Oh I'm scared of the middle place
Between light and nowhere
I don't want to be the one
Left in there, left in there
Anthony and the Johnsons


Ojalá haya alguien ahí cuando no queden más que fantasmas, cuando todos nos hayamos diluido, por inactividad, por costumbre. Aún hay poesía y flores que no existen, y ensoñaciones, y enamoramientos. Pero en el lugar intermedio entre la luz y ninguna parte, allí nadie quiere que le dejen olvidado. Ojalá haya alguien en el horizonte de las tierras de nadie para abrazarnos, cuando estemos cansados y tengamos frío. Hay poesía en las flores que no existen, hay ensoñación en lo imaginario, pero, cuando la humanidad se diluye, por inactividad, o por costumbre, entonces solo hay miedo, cansancio y frío. 

Tributo, insignificante por otro lado, a los refugiados sirios que están siendo reasentados con serias dificultades, en las franjas fronterizas de Turquía, Líbano, Jordania e Iraq. 




sábado, 6 de octubre de 2012

Correspondencias de Agosto

Es la Naturaleza templo, de cuyas basas
Suben, de tiempo en tiempo, unas confusas voces;
Pasa, a través de bosques de símbolos, el hombre,
Al cual éstos observan con familiar mirada.

Como difusos ecos que, lejanos, se funden
En una tenebrosa y profunda unidad,
Como la claridad, como la noche, vasta,
Se responden perfumes, sonidos y colores.

Hay perfumes tan frescos como un cuerpo de niño,
Dulces como el óboe, verdes como praderas.
-Y hay otros corrompidos, triunfantes, saturados,

Con perfiles inciertos de cosas inasibles,
Como el almizcle, el ámbar, el incienso, el benjuí,
Que cantan los transportes del alma y los sentidos.

Con los versos que dieron sentido al Simbolismo, viajamos a Mljet u Ogigia, en el sur dálmata. Se ha venido con nosotros el poeta maldito más triunfante, para transportarnos el alma y los sentidos.
Ocho de agosto de dos mil doce, en la Isla de Calipso, Adriático Sur.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Dublinesca

Se considera tan lector como editor. Le retiró de la edición básicamente la salud, pero le parece que en parte también el becerro de oro de la novela gótica, que forjó la estúpida leyenda del lector pasivo. Sueña con un día en que la caída del hechizo del best-seller dé paso a la reaparición del lector con talento y se replanteen los términos del contrato moral entre autor y público. Sueña con un día en el que puedan respirar de nuevo los editores literarios, aquellos que se desviven por un lector activo, por un lector lo suficientemente abierto como para comprar un libro y permitir en su mente el dibujo de una conciencia radicalmente diferente a la suya propia. Cree que si se exige talento a un editor literario o a un escritor, debe exigírsele también al lector. Porque no hay que engañarse: el viaje de la lectura pasa muchas veces por terrenos difíciles que exigen capacidad de emoción inteligente, deseos de comprender al otro y de acercarse a un lenguaje distinto al de nuestas tiranías cotidianas. Como dice Vilém Vok, no es tan sencillo sentir el mundo como lo sintió Kafka, un mundo en el que se niega el movimiento y resulta imposible siquiera ir de un poblado a otro. Las mismas habilidades que se necesitan para escribir se necesitan para leer. Los escritores fallan a los lectores, pero también ocurre al revés y los lectores les fallan a los escritores cuando sólo buscan en éstos la confirmación de que el mundo es como lo ven ellos...


Leyendo a Vila-Matas te dan ganas de ser para siempre lector. Llegué a Dublinesca a través de una declaración de intenciones lyonesa de la que ya os hablé en verano, Perder Teorías, donde el autor ya apuntaba a una novela donde la escritura es vista como un reloj que avanza y donde el estilo triunfa sobre la trama.
Puedo decir que sí, que en Dublinesca la escritura avanza por las fechas, y es ella misma tiempo, compás de espera hasta el momento del viaje a Dublín, triunfo del estilo y el cómo sobre la trama y el qué. Con estas misiones cumplidas, sin embargo, y aunque durante páginas haya un convencimiento vocacional de que no pase nada, pasan, pasan, y pasan, miles de cosas en esta novela. ¿O no pasan millones de cosas en nuestros interiores? ¿en cada fase extraña de nuestra vida? ¿en lo que no le decimos a nadie, porque cuando por fin lo decimos somos de lo más ridículos?
Pues eso: pasa ese editor retirado, aburrido porque ya no puede beber, abrumado por el Apocalipsis (sea cual fuere), sintiendo cada noche que alguien le observa: ¿un fantasma, un Joyce, un genio, Nueva York?; puteado porque, intuye, esa muerte tan sesentera del autor ha llegado y a él solo le queda sentarse y ser lo peor. Pasan esa gabardina y esos pantalones cortos (que no ayudan), y esos muchachos recurrentes que desaparecen de pronto, como un fantasma, como un Joyce, como el autor de la obra maestra nunca publicada.
En esta novela pasan millones de cosas: pasan amigos, escritores más jóvenes y más vivos, pero que no le llegan a Riba (nuestro editor) a la suela del zapato; pasa el East End; pasa una casa pintada que te ordena que salgas, a la puta calle; pasa un querer y un esperar la mejor de las literaturas.
Pues, y supongo que es algo que nos preguntamos muchos, ¿por qué hay tan pocos escritores ya que sepan de literatura? ¿que sepan tan poquito de la lengua y la literatura? Como bien dice mi hermana, parece que con encontrar una trama "que enganche, a poco bien que escribas" ya lo tienes hecho. A poco bien que...
Más que queja, es celebración de un autor como éste. Salve.


No es el puente de O'Connell, ni hay caballo blanco, pero esta entrada  me deja celebrar uno de los amaneceres más bonitos que no me he perdido durmiendo, como de costumbre. Fue en Dublín, sobre el Liffey, un día de Agosto de 2010.