Deseado al principio, su ausencia vivida con temor e impaciencia, pero una vez que llegó, su movimiento es algo así como el amor establecido: tan vivo y tan presente, que no recuerdas el momento exacto del pasado en el que se confundió con lo intemporal. Sencillamente llegó y se quedó, y aquí está, y sucede. Y ya no te imaginas vivir de otra manera.
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jueves, 24 de abril de 2014
Su movimiento
miércoles, 12 de febrero de 2014
Ojos como los de Cortázar
Los ojos de mi niña son como los de Julio Cortázar a ratos, cuando está dormida. Claro que son mucho más lindos. Perdona Julio, pero no hay pasión literaria que pueda con la pasión de una madre, especialmente la de una que, sentada en el suelo, arrastra el bolígrafo por papel mientras una manita ávida de tacto y aprendizaje le boicotea el escribir.
En fin, que hay veces que, cuando duerme en mis brazos, sus ojos son como los tuyos, Julio, rasgados sin un porqué ni un origen claro; oblicuos, como podría ser el camino hacia un mundo nuevo. En ese camino aprenderíamos a sentirnos como de otras latitudes y al final, incluso hasta nos comprenderíamos, sin pensar en que somos del norte o del sur.
Pues sólo con ojos oblicuos se ven todas las capas de los sueños y los despertares, se puede perseguir la melodía perfecta, beberte las babas del diablo y dar la vuelta al día en ochenta mundos.Y seguir vivo, ahí es nada.
Hoy, a pesar de tus aniversarios, es un día feo. Y no por la lluvia, sino porque parece que hoy ganan personas insolentes, que insultan la misma vida que pretenden legislar.
Por eso hoy, celebro la magia oblicua de los ojos de mi niña y decido ponerme a leer Rayuela, como si la leyera por primera vez.
martes, 24 de septiembre de 2013
Septiembre
Durante años, los días de este mes que debería contar entero dentro del verano haga el tiempo que haga, se nombraban con una palabra que vale para una calle, pero para todo un mes... es demasiado, incluso para una cántabra reticente a no preferir la niebla viva donde viva. La palabra, la melancolía, lleva un tiempo desaparecida. Se ha diluido en la suave inacción de los días, en el convencimiento tozudo de que la vida puede ser más vida cuando la miras y la ves, y paladeas las horas como si fueran creación tuya, y te perteneciesen, y las hubieras cocinado el día anterior y dejado macerar para sorprenderte con su aroma al día siguiente. Puede ser más, cuando los despertares son alivio y el cansancio no termina de tornarse amargo porque nunca me apuran el frío o el llanto, porque estáis ahí, no os habéis ido a ningún sitio, no sois un espejismo tras los párpados cerrados. Es más con la luz que ciega los ojos mañaneros y abre arruguitas en las sienes que pasan del llanto a la sonrisa muda que más retumba, que se eschucha en todo el interior de mi cuerpo, que me hace estremecer de insólita alegría a pesar de los madrugones. Y la tarde: la calma del que no quiere estarse quieto. O sí quiere, pero sabe que es mil veces mejor perseguir por el salón a quienes se ama. Las noches y las madrugadas, plácidas en sus idas y venidas, anuncian otros desvelos que vendrán, pero aún no. No este Septiembre.Vista con unos ojos que quieren ser míos, pero no lo son. Diminutos espejos, reflectores del universo tal y como quisiéramos contenerlo.Experimentada a través de una piel que es pura continuación de la mía, pues aún no hay una frontera clara entre ambas.
La vida es más vida.
lunes, 4 de marzo de 2013
El Anticipo
No puedes recordar. Hay algo que
te impide comenzar a escribir recordando, dejándote a la melancolía y a las
palabras fáciles, como si ambas juntas fueran la peor de tus afecciones, como
si siempre hubieras estado enfermo de melancolía y simpleza.
Asume, en primer lugar, que no
puedes escribir como la música que escuchas.
Las palabras nunca serán edificios de la nada y pura percepción. Tus
palabras ocupan espacio, pesan, incordian, rara vez, por no decir nunca, son
inocentes, ya que siempre, siempre tienen un efecto más prolongado que su
sonido. Son memoria. A la vez, sin embargo, pueden ser tan fútiles. No por tus
torpes desmentidos, poco tienen que ver, pues son también y de nuevo
ilusoriamente verbales. No es tanto eso, como que parece que tus palabras se
quedan sin resuello antes de llegar a lo que realmente quieren decir. Resuello,
qué bonita palabra dices, porque te invita a metáforas, te suena a aire de
cuchillo entrándote por la garganta cuando intentas volver a hablar de Ella.
Compleción, qué asco de palabra, no lo dices pero lo piensas, porque no tiene
imagen posible en ti desde que la perdiste, a Ella, no la palabra ni la imagen,
sino que la perdiste a Ella.
Sea como fuere. Busca afuera. Siempre
te quejas de que vives algo así como en las afueras de una Los Ángeles
desvaída, con los mismos paseos marítimos decadentes, las mismas tiendas que
ofrecen poco o nada llenas de gente, las mismas corrientes de rostros curtidos
por el sol y piernas anglosajonas
blanquecinas, deseosas de atención, de anhelo, de deseo de algo nuevo. Puede
que tengas razón, puede que estés en una California sin Pacífico, donde el mar
–y el mal- se levanta siempre en calma y no se estila la muerte violenta, sino
más bien el deterioro languideciente de miles de elefantes que agotan sus
pensiones en la siempre pretendida calidad de vida mediterránea. Dime si eso no
es violento. Hay una cierta violencia en poder elegir dónde morir. Supongo que
lo comprendí la primera vez que escuché en una radio anglosajona de la costa el
anuncio de una empresa de servicios funerarios y de repatriación. Para que
cuando llegue el momento, ni usted ni su familia tengan que preocuparse por
nada. Los suyos recibirán su cadáver en su domicilio por el módico precio reflejado
en el contrato. Bam, bam. No oyes los disparos, los dramas de los elefantes, la
muerte soleada. Eso tampoco te inspira. Lástima.
Puedes mirar más allá del paisaje
urbano y humano, puedes crearte personajes fantásticos: sus estados de espera,
sus vacilaciones… hasta su no hacer nada con nadie. Eso sería pura fantasía.
Hoy no hay relato donde alguien haga nada con nadie, donde alguien espere, o
dude. O se dé la vuelta tras haber cambiado de opinión. Hoy no se hace eso.
Hazlo tú. No, no te sale. Bueno, pues sinceramente, no sé qué más quieres que
diga.
A estas alturas, y a las
anteriores, a las de hace un año, contando con todo lo que te pasó, no concibo
tu inacción. Si no puedes escribir, no escribas. Haz otra cosa con tu vida.
Vete al extranjero. Vive algún paquete de experiencias de los que son
imprescindibles según alguna biblia hipster
de mierda.
Lamentablemente, solo tú conoces
las maneras. Si no puedes revivir nada de aquello, si no puedes empezar a
ponerle ni una línea a aquel desgarro de la realidad, a aquel desmontaje de la
vida tal y cómo la conocías, a esa eterna querencia de su regreso, a esa
anulación del tiempo y del espacio hasta que vuelvas a tocarla, lo entiendo. Cómo
se atreve uno a volver a sentir el pecho tan pétreo, y en él, una angustia tan
furiosa que parece que vayas a perderte por fin, una desintegración aguda de lo
que alguna vez pudo significar ser feliz.
En fin, Ella no está y vivir es
como correr bajo el agua.
Estaré donde siempre. Si te
decides a mostrarme algo de detrás de lo ingrávido, una página, página y media,
te la pagaré como si fueras a escribirme la mayor de las novelas.
lunes, 28 de enero de 2013
Una tregua
Es precisamente lo contrario de los días sin escribir. Precisa y ajustadamente. Los días que no escribo pienso que está bien, que no pasa nada, que vivo más tiempo. En busca de las palabras más reales, me pierdo en expediciones de análisis de un mundo que no comprendo, rastreo una cierta solidez a mi alrededor, me conformo quizá con esa sólida certeza que parece que yace siempre en palabras de otro.
Me conformo quizá. O quizá los tallos no florecen porque estamos en enero.
Al final del texto imaginado, hacia el final de la melodía de los metales, cambio de opinión. Lo mejor, mejor que estas palabras y sus muchas o pocas lecturas, más allá de un suelo y unas pisadas que nunca serán del todo concluyentes, es poder tomarme del vientre y, simplemente, sentir. Nunca el cielo se abrirá lo suficiente, tanto, tan infinito e inagotable, como yo lo abro con mis manos ahora.
El día de hoy es como una tregua en Beirut.
Beirut. Elephant Gun
miércoles, 9 de enero de 2013
Rescate por creatividad
Resulta éste más un Happy New Fear que otra cosa, porque en este "últimamente" que lleva tres años sin cambiar, los comienzos parecen ser momentos de terror en vez de oportunidades. Qué miedo da ver que cuando las luces se apagan y los demás vuelven al trabajo, tú te quedas inmóvil, a punto de dar el siguiente paso pero el lado oscuro te agarra la pierna derecha y te fija al suelo... y tú tiras, y tiras de la pierna, y pones cara de estreñido, y te convences de tu esfuerzo, y se lo dices a los demás: "Oye, mira, que yo lo intento, que yo sigo tirando, que créeme, que no te miento..."
Por primera vez -lo digo y hasta me lo creo- no estoy hablando de mí. Hablo de millones de nombres que nunca conoceré, que se despiertan cada día sin trabajo y sin motivaciones, que tiran de según que pierna les toque para levantarse y "hacer algo" cada día. Miles de entre esos millones jugándosela con la exclusión. Otros muchos se la juegan, "simplemente" (qué fácil), con la tristeza.
Digo que no hablo de mí. Yo poco puedo decirles, salvo que hay cierta trilogía (sin precuelas, por favor) que cuenta que al lado oscuro solo lo vence la Fuerza. Digo que no hablo de mí porque yo soy afortunada, a mí me está naciendo una Fuerza que ha liberado mis dos piernas y me hace sobrevolar cualquier yermo, pero soy consciente de que no todo el mundo tiene la misma suerte, así que mi deseo de año nuevo para todas aquellas personas que lo están pasando mal es que la Fuerza les acompañe, cualquiera que sea.
Hay un especial destinatario de este mensaje -él lo sabrá cuando lo lea- para quien el deseo es aún más fuerte si cabe.
P.S: Y resulta que barruntando todo esto y echando vistazos y mientras rebusco fuentes bibliográficas y saco adelante mi advanced English como buenamente, me he encontrado con esta pieza de Love of Lesbian, "Orden de deshaucio en Mi menor", que no está "allí donde solíamos gritar", pero no deja de ser un grito... De fondo se escucha parte de este fragmento de una entrevista al gran Nabokov (que copio y pego a continuación) y me he dicho: "esto es un rescate por arte". Feliz Año Nuevo.
No sé por qué me gustan tanto los espejos y los espejismos. Sé que a los diez años me apasionaban los trucos de magia. La magia a domicilio con sus instrumentos: el sombrero de doble fondo, la varita con la estrella, el juego de cartas que entre los dedos se metamorfosea en cabeza de cerdo. Sí,sí. Todo eso te llegaba en una gran caja de los almacenes Peto, calle de la caravana, cerca del Circo Cíniselli, en San Petersburgo. Dentro venía un manual de magia que enseñaba cómo hacer desaparecer o cambiar una moneda entre los dedos. Yo intentaba hacer esos trucos delante de un espejo, tal como aconsejaba el manual: "Ponte delante de un espejo". Y mi carita, pálida y seria, reflejada en el espejo, me aburría... Me ponía un antifaz negro que me daba mejor cara; pero nunca llegaba a igualar al famoso mago Mister Merlín , a quien solían invitar a las fiestas infantiles y de quien yo intentaba en vano imitar el parloteo, frívolo y engañoso, que mi manual quería que yo recitara para eclipsar mis juegos de manos. Parloteo frívolo y engañoso: he aquí una definición engañosa y frívola de mis obras literarias... Pero esos estudios de escamoteo no duraron mucho. "Trágico" es un término muy fuerte, pero hay algo trágico en el incidente que me hizo abandonar esa pasión, relegar la caja al cuarto trastero con los juguetes difuntos y los títeres rotos. Una tarde de Pascua, en la última fiesta infantil del año, no pude evitar mirar por la ranura de una puerta para ver cómo iban los preparativos que hacía el señor Merlín para su número de salón. Le vi que entreabría un secreter para meter tranquilamente, abiertamente, una flor de papel. Y la familiaridad de aquel gesto era innoble comparada con el hechizo de su arte. Yo entendía de ello, sabía qué ocultaba el frac ajado de un mago, y qué pueden hacer los magos. Ese vínculo profesional, vínculo de mala fe, me llevó a revelar a una primita mía, Mara Jevuska, en qué escondrijo hallaría la rosa que Merlín escamotearía en uno de sus trucos. En el momento crítico, la pequeña traidora, blanca y de pelo negro, señaló con el dedo el secreter, gritando: "¡Mi primo ha visto dónde la ha metido!" Yo era muy joven, pero ya distinguía o creí distinguir la expresión atroz que contrajo las facciones del pobre mago. Cuento este incidente para satisfacer a mis críticos perspicaces que declaran que en mis novelas el espejo y el drama andan muy lejos. Porque debo añadir: cuando abrieron el cajón que los niños señalaban entre burlas... la flor no estaba.
Fragmento entrevista al escritor Vladimir Nabokov autor de "Lolita" por Bernat Pivot en junio de 1975.
domingo, 9 de diciembre de 2012
La chica que pelaba cebolla
Por "alusiones" a que este microrrelato debería aparecer en la página "principal", ahí va un homenaje a los orígenes de mis narraciones ordinarias:
Había poca luz en la cocina, la verdad. No había suficiente luz para
llevar a cabo tareas que requieren precisión milimétrica, y sin embargo,
ahí estaba ella, erguida y poderosa, con el cuchillo que había venido
de regalo con la edición dominical del periódico. No estaba segura de
poder terminar la colección. Aun así seguía enfrascada en su misión.
Sonó el timbre y se sobresaltó. Fue a ver quién era, extrañada: nadie
llama al timbre de estos bloques residenciales en domingo, a no ser que
sea familiar o amigo, visitas más o menos deseadas. Al otro lado, la
imagen convexa de una mujer embarazada vestida de verde ocupaba toda la
mirilla. Parecía nerviosa, movía el cuerpo con el balanceo de punta a
talón, y miraba de arriba abajo esperando respuesta de la maldita
puerta. Maldita puerta. Abrió sigilosa y saludó: "Hola, ¿querías algo?",
"Perdona", le dijo, sorprendida, atónita incluso, "he debido de
confundirme, eh... no es aquí, disculpa, eh, no, yo... no quería
molestarte". La voz entrecortada y el nerviosismo acentuado, sus ojos se
movían en todas direcciones salvo en la que llevaba a los ojos de su
interlocutora. "Hay que ver....¡no pasa nada, mujer!, pareces agobiada,
¿no quieres pasar y tomar un vasito de agua o de zumo? Te sentará
bien..." "No, no, no, ni hablar... ya te he entretenido bastante. Tengo
que irme". Esto último sonó contundente. Desapareció tras el cortafuegos
y esperó el ascensor.
En fin, ahí estaba el encuentro extraño del día. Aún sin entender muy
bien lo que había pasado, volvió a la mal iluminada cocina (día nublado,
¿cuándo se iba a acordar de llamar al electricista?) y siguió con lo
suyo. La cebolla estaba ya completamente pelada, sólo quedaba elegir
cómo cortarla. Mientras pasaba sus dedos por la capa exterior, pensaba
en los ojos temerosos de la muchacha. "¿Por qué estaría tan asustada?",
pensó. Comenzó a cortar la cebolla en tiras, manejaba el cuchillo con
firmeza y ternura a un mismo tiempo, como si hubiera nacido para ello.
"¡Claro!", se dijo, "¡el cuchillo! ¡pero qué estúpida soy! ¡la pobre
chica habrá pensado que soy una loca con tendencias homicidas! Hay que
ver... ¿a quién se le ocurre salir a abrir la puerta con un cuchillo
japonés en la mano?" Eso había sido, el cuchillo.
Un grito ahogado produjo, de repente, un apagón a su alrededor. La
cocina desapareció tras sus ojos cerrados. La sangre salía a borbotones
del dedo índice de su mano izquierda, tanto, que empapó su camisón verde
con una enorme mancha roja, en forma de uve. Salió corriendo hacia el
baño, metió el dedo debajo del grifo. Intentaba apretárselo con fuerza,
pero la hemorragia no paraba. Buscó por todo el armario algo para
desinfectar la herida. Sin éxito. El suelo lleno de cajas de
medicamentos. Se agachó y cogió como pudo los algodones y el
esparadrapo. El corte era profundo, no pintaba bien. Empezó a ponerse
nerviosa, trató de calmarse. Respira hondo, respira. De pronto, sintió
un agudo pinchazo en el vientre. No, no hay que tener ciertos accidentes
en el octavo mes de embarazo. Hay que ver...
Los vecinos de detrás del cortafuegos no estaban. Malditas puertas.
Malditos bloques residenciales. La ambulancia tardó en llegar hasta
allí. Llaman al timbre. Al otro lado, la imagen cóncava de una mujer
embarazada vestida de verde ocupaba toda la mirilla.
viernes, 7 de diciembre de 2012
Melancholia (una reescritura)
Se hallaban frente al cielo abierto, incapaces de reaccionar. Fue una de las dos mujeres que quedaban vivas quien se adelantó y comenzó a atravesar el campo que, cual pradera recortada de alguna naturaleza muerta, de un verde compacto, sin matices, se extendía entre el lago y la casa. Daba pasos firmes, cortos, ansiosos, buscando, quizá, sus últimas certezas. Acompañada de su sobrino, un pequeño blanquecino, de esos que se han criado medio solos y a los que les cuesta sonreír, la mujer dirigía la búsqueda en el bosque. Se adentran en la mal llamada espesura, pues en esta arboleda hay mucho espacio entre árbol y árbol y la luz se filtra sin mayor dificultad. Por fin encuentran lo que buscan, un manojo de ramas que convertir en palos, de unos dos metros de altura, elásticas y aún consistentes. Perfectas para construir una cueva mágica.
De vuelta al cielo abierto, los tres últimos compañeros suben a una suave loma, atalaya resbaladiza sobre el lago. Un punto de observación para el acontecimiento. Las seis manos blancas con frío se disponen a edificar lo que será su refugio antiaéreo. Un lugar en el que sentarse y confiar. Montan los palos, los tocan, los deslizan unos contra otros y los unen en un extremo; todo ello con tal sentido de desesperanza que casi se les cierran los ojos esperando que entre palo y palo, el espacio triangular se rellenara con la más especial aleación de metales, pétrea, o no, mejor quizá, sumamente adaptable, indestructible, en fin, triángulo de resiliencia que absorba cualquier bocanada de aire sideral y todos los restos minerales y líticos que a buen seguro habrán de golpearles.
Quedó terminado, así, e inaugurado el refugio, cuando los tres compañeros se sentaron. La primera mujer, de la que no hemos hablado porque se había escondido en su cuerpo -ella que, en condiciones normales, en los extremos del convencionalismo, se manejaba con tanta flema y sensatez-, levantó entonces su mirada crispada de nervios y de melancolía por el resto de vida no vivida. Miró hacia arriba y el azul fue casi insoportable.
Todo el paisaje -lago, prado, casa, bosque-, ayer mismo inmerso en la penumbra de las noches de la campiña y de las miserias establecidas que dominaban las vidas de sus habitantes, se iluminó hasta rebasar los límites humanos de la claridad, y con ella, de la clarividencia. Inevitablemente, medio segundo después, todo ello reventó de luz y de calor, pasando a ser microinstantes de color anaranjado, cristalizados junto al resto del planeta, aniquilados sin ser oídos más que en el resto del universo.
Y así fue que todo volvió a ser pura energía, quizá como siempre hubimos merecido... ser.
Un guiño a que el día 21 de Diciembre seguiremos vivos (¡cómo si nos lo fueran a poner tan fácil!) y al cine de Lars Von Trier, que tiene la peculiaridad de hacerte creer que lo más bello y tranquilizador que puede ocurrir es el fin del mundo.
viernes, 16 de noviembre de 2012
Un año de blog
A finales del pasado mes de octubre se cumplió un año de esta aventura que llamé De Manchas Solares y Lunares; a las primeras les dediqué título porque representan el máximo de luz, y porque son inalcanzables: el acercarse a ellas nos arrasaría de tal forma que no quedaría huella alguna de nosotros. Es un homenaje, supongo, a ese deseo incandescente de abarcar todo el universo. Un deseo que puede moverte más allá, a querer siempre más, a aprender mucho más, a ver, viajar, sentir, vivir mucho más... pero que si no se domina puede provocar quemaduras graves, especialmente en la retina, que te impiden ver lo que tienes más cerca: las cosas grandes, buenas, jugosas y luminosas que tienes cerca.
A los segundos, los lunares, los incluí en parte por el juego de descubrir manchas también en la luna, en el satélite de los colores fríos, que siempre fueron los míos. Pero por debajo y al poco tiempo, surgieron los lunares, en masculino, en homenaje a esas pequeñas manchitas, nada siderales, en todo corpóreas, que tenemos en la piel. Son a veces diminutas, cuanto más pequeñas suelen aportar más belleza. Y a veces pasan desapercibidas, a no ser que estén junto a la boca, cielito lindo. Hay muchos lunares escondidos, que van surgiendo con el sol, y algunos no te los puedes ver más que con un espejo, o aún mejor, solo si te los señala otra persona.
Así que, comenzamos otro otoño de aventura, con el propósito de no abandonarla, y las ganas de explorar más historias pequeñitas que le vayan saliendo en la piel al mundo.
domingo, 21 de octubre de 2012
Sat down and cried
Un buen día y sin venir a cuento, el humano tuvo la muy previsible impresión de que no sería capaz de engañar a la escritura predeterminada de los dispositivos de espejo negro, pues en su subrayado leía la impotencia de quien se sabe adivinado en la siguiente palabra. El humano entonces se sintió tan pequeño en sus opciones y tuvo tanto miedo de equivocarse, que prefirió dejarse llevar en la vida y en el discurso, abandonándose a la sabiduría monstruosa e impenitente de la tecla enter, que elegía, con la callada arrogancia de los confiados poderosos, la palabra adecuada, el acento preciso en la vocal exacta, sin dudar entre diptongos e hiatos, sin revisar la caída de la frase en la ironía.
Fue entonces cuando el gran Engranaje tomó el control de todo lo nunca escrito y se dejaron de ver nuevas palabras. Y todas las palabras que empezaban por "re" se convertían en "renunciar", y no había pretéritos imperfectos ni condicionales, así que casi nadie expresaba deseos ni hipótesis imposibles, que son siempre las mejores. Y ya no había errores propios, sólo frases mal hechas. Y no había libertad de expresión, porque, sencillamente, no había expresión.
Fue entonces cuando de verdad el mundo pareció demasiado grande y múltiple, y farragoso e inabarcable, y hasta feo. Entonces, y no hubo necesidad de ir a Gran Central, bajé al parque de al lado de mi casa, me senté y lloré.
Mucho rato después, con el cambio de luz a crepúsculo que recuerda que todo es temporal, y pensando que, quizás, el subrayado menos previsible de todos es ahora un final feliz, subí a casa, cogí papel y boli, saludé al muchacho de la gabardina que son todos los autores -hayan escrito o no- que me han hecho comprender algo en la vida, y me senté a escribir.
domingo, 2 de septiembre de 2012
Toda Persona
Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país.Artículo 13.2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud, el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica [...]Artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Imagen tomada del blog ABIERTA EN CANAL, abiertaencanal.wordpress.com
Se te dice irregular. Me gustaría rebuscar en esas iregularidades: ¿están acaso en el hueco entre tus dientes, en tus antebrazos, demasiado poblados de vello oscuro para ser de una mujer? ¿Están en los dedos torcidos de los pies, en los talones ajados por las caminatas descalza?
Mi irregularidad favorita es una verruga diminuta que tengo cobijada en el pliegue de mi barbilla. Me gusta dejarla salir cuando estiro ese trozo de piel con la lengua, y la rodeo con el dedo anular cuando estoy nerviosa, como para comprobar que está ahí, pero sin tocarla directamente, porque no deja de darme repelús después de tantos años.
¿Y la tuya? Un antojo detrás de la oreja derecha, que mi madre me soplaba ahí para que me riera. Y hasta de mayor seguía haciéndolo, ya ves. Hace cuatro años que no la veo.
Tu madre podría estar en Pucará, Mizil, Berezan, Bamako o Kumasi. Sin apenas noticias tuyas, pensando, como lo hacen todas las madres del mundo, si estarás bien, si has comido, si te abrigas, si te habrás puesto malo.
El derecho civil de libertad de circulación está parcialmente reconocido en el articulo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. También está reconocido el derecho absoluto de un estado nación a rechazar la radicación de migrantes extranjeros en su territorio.
No obstante, ningún ser humano es irregular, si acaso lo es su situación jurídico-administrativa. Asi que después del viaje o de la huida y además del esconderse, ahora un colectivo humano desprotegido legalmente se ve en situación de exclusión de la atención sanitaria (básica o no básica, con todas las cláusulas de excepción que manejan las Comunidades Autónomas que aplicarán la norma, esto es irrelevante para el fondo de la cuestión).
Moraleja: Que la vida no te haga salir corriendo y "radicarte" en otro lugar -independientemente de la causa-, porque si las cosas se ponen feas son "los otros" los primeros en aparecer en el espejo del miedo y en pagar ciertas consecuencias. Bien cuando hacía falta mano de obra barata, pero ahora bájate en marcha, que esto está lleno y hay que sanear las cuentas. Es "de lógica".
domingo, 26 de agosto de 2012
Mostar
Hace veintidós años, un niño llamado Josip -que bien podría haberse llamado Yosif o Yusuf, y es este, según él mismo, el rasgo que distingue su etnicidad- podía cruzar los puentes de su ciudad de la mano de sus padres. Hoy, Josip es un joven guía bosniocroata que habla un fluido español sin haber pisado jamás ningún país hispanohablante. Hay que olvidar, dice, ladeando la cabeza hacia sus hombros constantemente encogidos, pero, bueno, los militares españoles hicieron mucho bien aquí, yo aprendí español con ellos, nos daban clases, hicieron mucho bueno, y eso... no hay que olvidar. Repite insistentemente el propósito de olvidar, como si, por su voluntad y tozudez, el recelo entre croatas y bosníacos, que acabaron enfrentándose de forma fratricida después de haber defendido su ciudad frente a los serbios, pudiera quedar en disputas de campo de fútbol.
¿Cómo se puede olvidar lo inolvidable?
Las montañas que rodean Mostar son miradores terribles. Fueron la excusa perfecta, la pared estratégica contra la que estrellarse en la huida, atalaya y galería de asesinos. Hoy, las cumbres redondeadas de esas montañas son hombros constantemente encogidos ante las preguntas de la guerra: ¿Cómo empezó todo? ¿Quién bombardeó el Puente Viejo? ¿Quién ganó? Josip nos dice que a él le siguen contando historias diferentes: en la universidad le cuentan una; sus padres, otra; los medios de comunicación, otra. Dicen que la historia la escriben los vencedores. Las montañas de Mostar se encogen de hombros. Aquí no debió de ganar nadie.
Podría hablar de lo más bello de Mostar, en mi humilde opinión: el stari most y su curva gris sobre el turquesa mineralizado del Neretva, las callejuelas empedradas, todo lo que de otomano se asome por puertas y ventanas... cada estampa orientalizante retratada por grupos de europeos queriendo sentirse aventureros. Minarete que veo, fotografía que hago. Y me incluyo, cómo no. Aunque haya tenido la suerte de vivir durante dos años en otro reducto otomano entre montañas, unos ¿quinientos? kilómetros más al sur (pues la ruta de Mostar a Ioannina, en el Epiro griego, atraviesa Albania y no se puede calcular).
Podría hablar también de lo más digno de Mostar, siempre en mi humilde opinión: las huellas de su desventura. Pero eso ya solo se puede describir con otro lenguaje que yo no poseo.
Así que, terminando, me quedo con mis sensaciones encontradas durante mi breve estancia en la ciudad: la liviandad del viaje, la invisibilidad -que diría Antonio Muñoz Molina- del tránsito; frente a las emociones graves, queriendo quizá impostar el peso de la historia, al rebobinar los bombardeos impenitentes sobre el puente viejo o al observar la espalda curtida de un pequeñajo condenado -por todos- a mendigar.
Espero volver a Bosnia, no solo a Hercegovina, y encontrarla encontrándose más a sí misma y más segura de sus gentes. Parafraseando la piedra inadvertida aún turística: nunca olvidaré Mostar.
viernes, 27 de julio de 2012
Un verano fatal
Llega el mediodía a una urbanización de clase media, en clave de verdes y colores tierra, donde cada problema es latente y toda suerte es exigida.
Tres familias con suerte -exigida- pasan su afortunado tiempo junto a la piscina.
Dos muchachos de edad pareja - probablemente unidos por algún parentesco, pero eso ya es mucho adivinar-, se hacen una puñeta constante -constante- bajo una sombrilla importada de un folleto de viajes al Caribe.
Muchacho Uno comienza:
- ¡Déjame, déjame! ¡No quiero morir antes de mi cumple!
Muchacho Dos espeta:
- ¿Cuándo es?
Muchacho Uno:
- El cuatro de Agosto.
Sonrisa maliciosa del Muchacho Dos por toda respuesta.
La lectora testigo levanta su mirada de Perder Teorías de Vila-Matas y piensa, acojonada, "¿Quién dice que aquí no pasa nada?", "Microrrelata la maldad, si puedes", y a continuación aparece "Un verano fatal".
Sonrisa maliciosa de la Lectora Dos por toda respuesta.
viernes, 18 de mayo de 2012
Miasma
La cobardía se nutre de alquitrán. En la estación, una mujer deforme cojea entre los andenes. Miramos el reloj. Nos devora nuestro propio tiempo. Crítica silenciosa, mirada escrutadora; no nos podemos liberar. Prejuicios, guardianes de nuestra desconfianza.
La mujer devora las sobras de un menú de comida rápida sobre el maldito banco irregular.
No deberían existir bancos de hierro para sentarse. No deberían dividir el asiento en láminas agudas que piafan inversamente la tierra de nuestras nalgas y muslos.
Las patatas congeladas entran, ávidas, en la boca de la mujer.
Nos sobresaltamos cuando pasa con su mochila raída junto a nosotros.
Deposita las sobras de las sobras en el contenedor.
Dos muchachas atadas por auriculares observan la deformidad de su pierna izquierda. Ojo morboso y boca entreabierta para empezar a hablar."¿Le has visto la pierna? ¡Qué asco, tía!".
Nosotros nos doblamos de asco ante la humanidad, pero seguimos con la mirada ambas piernas con zapatos sucios. La derecha, enhiesta, firme, testigo de años de salud. La izquierda que se arrastra a su lado, metida hacia dentro y protuberante poco más arriba, roja la piel de espanto.
Acto seguido, cogemos nuestro cuaderno blanco, en un recomenzar de frases inconexas.
Nosotros nos doblamos de asco ante la humanidad, pero seguimos con la mirada ambas piernas con zapatos sucios. La derecha, enhiesta, firme, testigo de años de salud. La izquierda que se arrastra a su lado, metida hacia dentro y protuberante poco más arriba, roja la piel de espanto.
Acto seguido, cogemos nuestro cuaderno blanco, en un recomenzar de frases inconexas.
domingo, 22 de abril de 2012
Copenhague
“¿A qué es genial volver a casa en tren?”, quería decirle. Quería
abrazarlo. Quería decirle que todos los viajes quiere hacerlos con él, que no
quiere vida sin él, que no quiere pensar mucho los relatos, ni perderse en
complejidades, porque eso ya se ha hecho, porque eso es más de lo mismo. Pero
estos días las unidades de medida han perdido su sentido, y sólo puede
consolarse en los poemas. Las voces y el canal que nunca son suficientes. La
vida en suspiros, en un qué rápido, en un no te vayas. Siempre en un no te
vayas y quédate conmigo. La vida en miradas que se quiebran y carcajadas que
duran para siempre. La vida en un mirador. La vida en su cuerpo y en mi mano el
minuto. La vida de ahora no es suficiente, quiero siempre.
miércoles, 11 de enero de 2012
Clair de Lune
Perfecto epitalamio. O calmada iniciación a una nueva lección ritual. O cierre de velada. O acompañamiento a la salida de una vinoteca florentina, al caer la tarde. O transición a la escucha de piezas líricas.
Todo ello me sugiere Debussy, al redescubrir casualmente este Claro de Luna.
¡Ah, se me olvidaba! Y que la música amansa a las fieras más fieras...
domingo, 1 de enero de 2012
La tormenta de arena
El viejo esperó un tanto a que amainara el viento. Las rachas eran aún muy fuertes, no podría mantenerse en pie si salía ahora de su refugio. Espero paciente, pegado al lomo del animal, intentando respirar con calma. No le llegaba el oxígeno a los pulmones, de seguir así unos minutos más, perdería la consciencia.
Fuera: nada. Ni un presagio de vida. Ni un grito. Ningún rastro de algún otro desgraciado que estuviera arrastrándose como él, en sus correspondientes palmos de tierra.
Párpados y labios quebrados por el esfuerzo, tras dos minutos en los que constatar la debilidad humana bajo el empuje agónico de la naturaleza, el viejo se incorporó a duras penas, apoyó los antebrazos en la mesa de roble y pensó entre surcos de piel y de dolor, Ojalá esta habitación fuera de arena, como el libro de Borges; Ojalá, se abriera por donde se abriera, no tuviera ese libro número de página; Ojalá fuera yo un beduino como el de la novela, que puede oler las tormentas, encerrarse en piel de camello y hacer que el corazón responda.
El viejo se sentó por fin entre todos sus libros y consiguió mover su brazo derecho. Llamó a su hija, y esta, a su vez, a la asistencia médica 24 horas, o quizá fue al revés. Su perro se colocó de muro protector, esta vez junto a sus piernas.
jueves, 17 de noviembre de 2011
Tecnócratas
No os preocupéis, todo saldrá bien. No nos habéis llamado, ni escogido, es cierto, pero, creednos, es lo mejor para vosotros. Veréis, en la actual coyuntura tenéis mermada la capacidad de elección. La cosa está muy malita, muy malita, ¿acaso no escucháis la radio, no veis la televisión, no leéis los periódicos?
Tenéis que creernos, sois víctimas del pánico y no comprendéis lo que está pasando. Nosotros tenemos la capacidad de observación, de reacción, de organización; poseemos los datos, información de primera mano. Deberíais estar ahora más calmados precisamente, ¿no veis que sólo desde nuestra posición podemos frenar la caída libre? No, no. No tiene nada que ver con vuestra actividad diaria, con vuestra formación, con vuestro espíritu colectivo e individual. No es una cuestión antropológica, ni siquiera humana.
Pero tranquilos, ellos nos han dicho lo que tenemos que hacer. No seremos lentos, no habrá titubeos. Hemos llegado hasta aquí y ojalá llegáramos a más lugares. Al final, se trata del resultado de una sutil cadena de descuidos.
Bienvenidos al cambio. Bienvenidos al futuro.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Oviedo de blog
Los viajes son quizá la mejor prueba de que la felicidad de las personas es efímera y está en movimiento. La semana pasada hice un viaje por carretera a Oviedo, y fue un viaje absolutamente "de blog", de querer retratar casi cada instante, quiero decir.
Se trata de una ciudad de la que me separaban diez años y un montón de vidas. Una ciudad en la que se abrieron muchas puertas, alguna que otra herida; se entró en salas desconocidas. Las horas de la noche y del día en muchas ocasiones fueron las mismas, o incluso duraban más de las que eran. En esta ciudad inicié el camino que sólo podemos hacer solos, el camino de tus elecciones.Y en esta ciudad se produjo también un encuentro fundamental en mi vida, aunque claro, yo entonces eso no lo sabía.
Y digo que fue un viaje de blog, porque todas las sensaciones pedían a gritos ser escritas. ¿Quién no ha pasado alguna vez por una calle, transitada hace mucho tiempo, y ha tenido la sensación de que el tiempo se había detenido? ¿Y quién no ha tenido ganas de parar al primer desconocido y decirle: "¡Pero si está todo igual! ¡Igual!"? Es fantástico recrearse en esa ilusión de que un lugar deja de girar cuando tú te vas, para volver y encontrarlo "igual".
Hubo un rincón en especial donde quisimos comprobar el no-paso del tiempo, donde buscar a lo Proust que se desatara la memoria. Ese lugar había cambiado. Había portones mecanizados en los puntos de acceso. Había nuevas edificaciones, el Naranco se veía un poco menos. No obstante, y una vez dentro, estaba el mismo prado oblicuo, el de los paseos "peligrosos"; estaba la misma ventana desde la que a los 21 años se quería ver todo el planeta; el primer piso con ventanal donde hicimos un primer truco de magia. También rendimos homenaje a una gran casa mítica: hogar, biblioteca, observatorio de lluvia. Ahora está algo abandonada, sobre todo está bastante sola, pero nunca se sabe quien está por llegar.
Pasó la noche, entre sidras y risas, y al día siguiente, salía en segunda de Oviedo, con un extraordinario sentimiento de gozo, después de una perfecta reconquista. Podía haber cambiado la ciudad, podíamos nosotros haber dado mil y una vueltas sobre nuestro propio eje, pero el pasado miércoles, Oviedo volvió a ser nuestra.
Poco después, el coche serpenteaba, libre ya de tráfico, con más nubes y pastos en el retrovisor y esperando encontrarse con los Picos de Europa detrás de la siguiente curva.
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