Mostrando entradas con la etiqueta Manchas de Crítica Literaria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Manchas de Crítica Literaria. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de febrero de 2016

Adiós en azul - The Deep Blue Good-by

Es curioso dónde se encuentran los desencadenantes, los gatillos que aprietan tus ganas de escribir. Resulta que escuchando hoy la Ser, concretamente La Ventana y su concurso de (micro)Relatos en Cadena, se ha disparado lo necesario para sacar esta reseña, dormida desde Navidad, adelante. El pie que debían utilizar los concursantes: "Era uno de los pocos detectives honrados que quedaban en la ciudad", creo recordar. Con este pretexto, tres relatos, muy buenos los tres, homenajeando el género. En todos el detective pagaba un alto precio por su honradez. En uno de ellos, la voz era una primera persona cínica y estupenda, sabiéndose perdida por una pelirroja que "si te pide que mates, descuartizas". Que me perdone el autor la cita.

Esa primera persona me ha devuelto a Travis McGee, protagonista de Adiós en azul, y de otras veinte novelas policíacas de la misma serie, obra de John D. MacDonald. No sé si son un tesoro a la altura de la tumba de Tutankamón, aunque quién soy yo para desdecir a Vonnegut, siendo como soy una principiante en esto de la novela negra. Lo cierto es que me ha hecho pasar muy buenos ratos de lectura.

La historia se desarrolla principalmente en Florida. Los estados sureños son siempre una garantía para historias inquietantes, aunque he de confesar que un amarre en Lauderdale poco tiene que ver con los latifundios de Missisipi o los angustiosos tugurios de Nueva Orleans de, pongamos, un Faulkner. Ahora bien, MacDonald consigue que la atmósfera tropical de los cayos se torne temible: los escenarios de la depravación son la casa aséptica y bien ventilada de Lois Atkinson o los interiores de un yate de lujo y no los moteles cutres que cabría esperar.



El autor nos conduce con una prosa ajustada en los díálogos, con momentos de lucidez en las descripciones de ciertos tipos culturales americanos, como las conejitas desgastadas (un alegato sorprendentemente feminista) o los nuevos ricos con un pasado oscuro. La voz de McGee se nos antoja ahora un poco hortera, con ese cinismo detectivesco a lo Bogart, pero se le coge cariño pues, al fin y al cabo, "era uno de los pocos detectives honrados que quedaban en la ciudad", un caballero a su manera, demasiado bronceado, quizá, pero le perdonamos porque deshace entuertos y a ratos resulta encantador.

Muy recomendable, en suma, esta novela, por lo entretenido de la trama, la calidad en la caracterización de ambientes y personajes y el aire vintage de la Florida sesentera, que, no sé por qué me da, se debe de parecer bastante a la Florida actual.


jueves, 30 de julio de 2015

La fórmula preferida del profesor

Cuando le regalan a uno una edición tan bonita como ésta de la editorial Funambulista y además, con dedicatoria, es deber prioritario del verano leerlo. Reseñarlo ya es otra historia, hemos tardado un poco pero aquí vamos.
La fórmula preferida del profesor es una historia seca, que se convierte en una novela encantadora. Lo que me llama la atención de los narradores nipones que conozco es la sequedad en el contar lo cotidiano, que provoca que las líneas líricas brillen aún más y que la metáfora sea más rara y escogida.
Esta historia se aparece, intangible, como un manga pausado de tintes dramáticos -para los que nos gusta la animación japonesa es inevitable esta representación mental-, y nos presenta a una madre soltera, empleada de hogar, y a su hijo de diez años, cuya vida da un giro al entrar al servicio de un anciano profesor de matemáticas.
La vida de la narradora protagonista muestra aspectos que obviamente no tienen magia ni gracia ninguna, pero Yoko Ogawa nos los cuenta con una concreción que se agradece, con una verdad que, como digo, puede parecer seca, pero es auténtica, pues se despega del pringoso manierismo verbal del que pecan muchas veces  escritores de nuestros contornos.
Así, de dentro de una, en principio oscura, casa de jardín, surge la figura de un señor destartalado, mermado como ser social, pero con un universo hiperluminoso por compartir. La puerta a ese universo la abre de forma definitiva el pequeño Root, con su bella coronilla chata.
Hay un personaje fantástico en este pequeño gran libro. Un personaje colectivo aunque incorpóreo: los números. Nunca pensé que una historia me invitara a jugar con ellos durante una tarde completa, a mí que tanto miedo les tengo, y me hiciera buscar los límites de mi pobre ingenio matemático. Ha sido una experiencia deliciosa, que además se puede compartir con otros, como yo hice con mi padre, y que les pique el gusanillo de las cuentas y la lectura.
En resumidas cuentas, una lectura sin edad ni fronteras que desconcierta, eso sí, un tanto a los no iniciados al béisbol, pero que merece unas cuantas fracciones de vuestro tiempo libre estival.




sábado, 18 de octubre de 2014

El laberinto junto al mar

Tras meses de forzoso abandono, volvemos a las andadas con una reseña largamente deseada. Se trata del conjunto de ensayos El laberinto junto al mar de Zbigniew Herbert, de aquí en adelante sólo Herbert, por obvias razones de economía. 

El laberinto es un cuaderno de viaje por tierras griegas que se completa con dos ensayos de temática diversa :" Sobre los etruscos " y " Clase de Latín" , que demuestran la devoción del escritor polaco por las civilizaciones mediterráneas antiguas y la filología clásica.

El paisaje griego escapa a cualquier descripción por culpa de su propia naturaleza(...) Resulta imposible recortar de aquella maraña de azules , de montañas, de agua, de aire y de luz una vista única que nos permita decir: así es Grecia.

Esta cita, al comienzo del segundo ensayo, es una oda al paisaje griego que invita a perderse en la búsqueda, a aquellos que aún no conozcan ningún rincón de la Hélade, o al recuerdo, a aquellos que, conociéndolo bien,  no se nos escapa esa sensación de "movimiento" de la que habla Herbert, que supera la mera variedad del paisaje para trascender. Es ese algo insustituible que reclamamos para el territorio heleno todos aquellos que lo hemos habitado durante períodos más o menos largos de tiempo.

Sucede con los libros de viaje de numerosos polígrafos europeos que comienzan con una expresión de desdén hacia la tierra tan soñada que pisan por primera vez. Me viene a la mente Kapušciński en Viajando con Heródoto al llegar a la India... El viajero occidental, por más que haya deseado pisar esa tierra que para él es sinónimo de mito, libertad o exotismo, se torna en un taquígrafo gruñón en sus primeras páginas de apuntes: protesta por todo aquello que extraña de su hogar, sea la higiene, el orden, la puntualidad; o todas estas cualidades juntas. Así son las primeras páginas de Herbert al narrar su llegada y comienzo de estancia en Iraklio, capital cretense. Después el discurso gira y nos traslada a bellos rincones de Creta, Samos, la Acrópolis ateniense... 

La lectura es agradable para los iniciados, más bien para los enamorados del arte y la geografía griegas, y un tanto tediosa en cambio para los que llegan al libro por casualidad o con las mismas ganas que a una revista de National Geographic. Estos últimos no llegarán al ensayo "Clase de Latín" sin saltarse alguna página. Los  frikis o nostálgicos de las clásicas disfrutarán de estas últimas páginas como de una dulce reivindicación de sus quehaceres.

Sin más, y con muchas ganas de volver a Cnossos, os animo a disfrutar de esta lectura.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Baila, baila, baila

Una mañana de Julio, en un espacio quirúrgico. Antes de nada, la enfermera pregunta: ¿Qué lees? "Una novela" ¿Y de qué va? Cuéntame. Dice para distraerme, sin un interés real en la pregunta, aunque sí en el paciente. Hay un cierto tipo de cortesía que siempre se vuelve en contra de los españoles, pero no terminamos de entenderlo. Respondo. "Un tipo de unos treinta y tantos se da cuenta de su incomunicación, de que está como desconectado del resto del mundo, incluso de quienes alguna vez lo han querido, y se embarca en una búsqueda. Se convence de que el nodo de su existencia (ni de broma utilicé esas palabras, no estaba tan lúcida), su único punto fijo, es un hotel en el que pasó unos cuantos días felices con una mujer hace cinco años. Cuando regresa a dicho hotel, se encuentra un edificio ultramoderno que ha absorbido el anterior establecimiento, aunque mantiene su nombre, y en él halla la entrada a una realidad paralela, donde un hombre con piel de carnero le asegura que todo está conectado y que no puede dejar de bailar. Y es ahí donde comienza..."

Recupero la mirada perpleja de la enfermera y oigo a mi acompañante decir: es que es profersora de literatura... 

Ahí queda el intento, igualmente fallido aunque más auténtico que el de la contraportada de la edición de Tusquets, de resumir lo inabarcable.

No me gusta leer a escritores de moda. Con la literatura me ocurre, lo mismo da que le mire la cara de profesión que la de devoción, que siempre estoy intentando ponerme al día, o por lo menos es la sensación que tengo. Hay tanto por leer que todavía no he leído y debería haber leído, que descarto cantidad de títulos. No sé si hago bien o mal. El caso es que Murakami es bueno. Me resulta muy valiente en sus relatos e impecable en sus formas. Ojalá pudiera leerlo en original, aunque no desmerezco al traductor, en absoluto, me parece un héroe.

Pues eso. Leed Baila, baila, baila, dejaos viajar por los sucesos y lugares, y haced honor a aquello del "baila como si nadie estuviera mirando", que como consejo vital no está mal.

sábado, 26 de octubre de 2013

Zweig y las píldoras azules

¿Dónde convergen una novela tradicional de un escritor austríaco de la primera mitad del siglo XX y una novela gráfica publicada por un artista suizo en los primeros años del XXI?

En este compas otoñal de lecturas dispares han caído en mis manos La Impaciencia del Corazón, de Stefan Zweig, y Píldoras Azules, de Frederik Peeters. Volviendo a la pregunta de inicio, la respuesta sería: en el concepto de compasión y cómo en la moral tradicional se lo ha unido indisolublemente a nuestra capacidad de amar, en definitiva, de ser humanos.

La novela de Zweig llevaba por título, anota la editorial Acantilado, La piedad peligrosa, que como veis habla por sí solo. Joven teniente del ejército traba amistad con la hija parapléjica de un noble húngaro, ella se va enamorando en la misma medida que él se va cubriendo de gloria mesiánica por ser tan bueno con la pobre "tullida". Os reseño a continuación lo que de técnico me ha llamado la atención de la novela:
  •  Modernidad, experimentalidad... limitada. 
  • Técnica narrativa, tan líneal como impecable.
  • Profundidad psicológica (topicazo al hablar de este autor en todos los sitios consultados), abrumadora en ocasiones: en algunos párrafos la identificación con el protagonista resulta verdaderamente catártica; abrumadora más bien constantemente: te saltarías páginas enteras porque conoces ya al muchacho como a tí mismo.
La impaciencia del corazón nos coloca frente a frente con lo que podríamos llamar compasión mal entendida: "salvar" a otro ser humano de sí mismo, de sus circunstancias, regodearse en la autocomplacencia de ser tan bueno con alguien para luego... El mensaje no deja de ser una moraleja, nacida de un conflicto moral e individual de cierto interés, pero con demasiados roces místicos y pocas aristas: cuidado con el amor por pena, con pena, sin gloria, que resuelve la pretendida bondad: la descompone y la aniquila por piezas.

Del Imperio Astrohúngaro de en torno al 14 a Ginebra en el cambio de milenio. La obra de Peeters nos transporta a otro código narrativo: el fluir de las imágenes, los planos abstractos al comienzo de cada secuencia, trazos que pueden ser células o soles... viñetas de astros celulares. Bello.

Sutileza en lo metafórico y un lenguaje preciso, sin ampulosidad, ajustado a lo que de verdad quiere decirse. Así nos cuenta el autor la historia de amor entre un joven dibujante y una madre soltera seropositiva. Su relación con la muchacha y su hijo de tres años, también portador del VIH, nos hace temblar de ternura. El protagonista valdea sus miedos, sus dudas a cerca del componente de compasión en su relación con valentía. El álbum recorre las hazañas cotidianas de una pequeña familia y nos transmite cómo es una relación en términos "desiguales" (o "discordantes" , como les insinúan a los personajes al comienzo de la narración): no esconde sus complejidades. Hay miedo: al contagio, al equilibrio en su relación con el crío, a que la identidad de enferma de la persona amada pese más que todo lo demás.

Pero, y podría decirse que la diferencia entre las dos historias radica en la época pero me inclino más a pensar que es cuestión de las personas, en ésta no hay pena. Miedo hemos dicho, dudas, rabia, pero no la compasión clásica y pringosa.

La historia nos sorprende porque convierte un statu quo trágico en una intensa aventura vital y a la  mitad enferma de la pareja en objeto de constantes dosis de admiración.

Os recomiendo ambas obras, según el tiempo y la disponibilidad para la lectura. El de Zweig es un novelón, con lo bueno y lo malo de lo decimonónico, y el álbum de Peeters lo recomiendo como arte gráfica (como inexperta pero entusiasta del género), como historia... y como amor.


jueves, 16 de mayo de 2013

Si una noche de invierno un viajero...

No hay nada para volver de las telarañas cotidianas de la inspiración como una buena lectura. Corrijo: una lectura excepcional, porque de las buenas ha habido varias en estos dos meses de sequía bloguera, y aun así, ha sido ésta la que ha movido y removido estas líneas de recomendación.

Mis buenos amigos D. y S. supieron recomendarme Si una noche de invierno un viajero de don Italo Clavino, sin desvelar nada de su trama, estructura, o de las virtudes que podrían servir de anzuelo. Rara virtud en estos tiempos en que los spoilers corren y campan a sus anchas, o por lo menos, en los que todo el mundo quiere decir mucho de todo. Si leyeran este cumplido, me dirían: "¡no fue por ser sabios y sensatos (que lo son, y mucho, los jodíos)! ¡no habríamos sabido definir el "de-qué-va"!". Seguro que habrían sabido, el caso es que no lo hicieron, y yo voy a tener la misma cortesía con vosotros.

Tan sólo quisiera decir que me resulta una lectura fundamental dentro de la novela del último cuarto del siglo XX y a citar, no me resisto:

-Leer -dice- es siempre esto: hay una cosa que está ahí, una cosa hecha de escritura, un objeto sólido, material, que no se puede cambiar, y a  través de esta cosa nos enfrentamos con alguna otra que no está presente, alguna otra que forma parte del mundo inmaterial, invisible, porque es sólo pensable, imaginable, o porque ha existido y ya no existe, ha pasado, perdida, inalcanzable, al país de los muertos...
-... O que no está presente porque aún no existe, algo deseado, temido, posible o imposible -dice Ludmilla-, leer es ir al encuentro de algo que está a punto de ser y aún nadie sabe qué será...

Esta entrada es un homenaje, más que a Calvino, a los grandes amigos y a los grandes libros, especialmente si vienen juntos. Gracias, chicos, por prestarme tantas horas de genial lectura... y por todo lo demás.


viernes, 19 de octubre de 2012

Bartlebys

Conclusiones de la lectura de Bartleby y Compañía, o de cómo un relato fragmentado sobre la Literatura del No (escritores que dejaron de escribir, o que desaparecieron, o ambas cosas, o escritores sin obra), en forma de notas a pie de texto invisible, te convierte en un fanático del Sí, del vamos a leérnoslo todo, del hacer listas interminables de novelas, del rastrearlas todas en las bibliotecas de los pueblos de al lado, de eso de que no he acabado uno y ya quiero comenzar con el otro...
Conclusión primera:  recopilar justificaciones ingeniosas, para evitar pensar que son justificaciones: si vas a dejar de escribir, por cualquier motivo, invéntate un "tío Celerino" que haya dejado de contarte las historias, cfr. la nota sobre Juan Rulfo, el autor de Pedro Páramo.

Conclusión segunda: descubrir a Salinger en escenas de autobús junto con un extraño objeto de deseo, ensayos y errores mentales para morirse de la risa.

Conclusión tercera: es delicioso comprobar cómo había grandes talentos que sabían esconderse. De hecho, uno de sus grandes talentos era esconderse... con esa clase de talento es imposible tener una vida aburrida. Me quedo con Traven y todos sus demás nombres.

Conclusión cuarta: es reconfortante encontrar a otro alguien, aunque no sea un alguien sensu stricto, sino un narrador ficticio, que esté de acuerdo conmigo en que, a pesar de ser un poeta inalcanzable, Rimbaud era un gran gilipollas.

Conclusión quinta: es paradójico que el autor se refiera a la pintura como si la emprendieras con el cosmos desbordante de resplandores con un simple cepillo de dientes; que sí, que es verdad, pero no es menos frustrante emprenderla con un agujero negro de sensaciones corporales y másallás con un gran montón de uniones convencionales de sonidos y letras. Que sí, que Duchamp se lo montó muy bien, pero a los demás nos queda esa desazón abisal de quedarnos incompletos de Vida en la Literatura.

Conclusión de conclusiones: entre novela de trama y novela de entretenimiento, sacad un rato para leer Bartleby y Compañía, os dará ideas, y os entrarán ganas de dejar de escribir, si es que lo hacéis, esperando que Vila-Matas se plantee una revisión y ampliación de este libro y os incluya.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Dublinesca

Se considera tan lector como editor. Le retiró de la edición básicamente la salud, pero le parece que en parte también el becerro de oro de la novela gótica, que forjó la estúpida leyenda del lector pasivo. Sueña con un día en que la caída del hechizo del best-seller dé paso a la reaparición del lector con talento y se replanteen los términos del contrato moral entre autor y público. Sueña con un día en el que puedan respirar de nuevo los editores literarios, aquellos que se desviven por un lector activo, por un lector lo suficientemente abierto como para comprar un libro y permitir en su mente el dibujo de una conciencia radicalmente diferente a la suya propia. Cree que si se exige talento a un editor literario o a un escritor, debe exigírsele también al lector. Porque no hay que engañarse: el viaje de la lectura pasa muchas veces por terrenos difíciles que exigen capacidad de emoción inteligente, deseos de comprender al otro y de acercarse a un lenguaje distinto al de nuestas tiranías cotidianas. Como dice Vilém Vok, no es tan sencillo sentir el mundo como lo sintió Kafka, un mundo en el que se niega el movimiento y resulta imposible siquiera ir de un poblado a otro. Las mismas habilidades que se necesitan para escribir se necesitan para leer. Los escritores fallan a los lectores, pero también ocurre al revés y los lectores les fallan a los escritores cuando sólo buscan en éstos la confirmación de que el mundo es como lo ven ellos...


Leyendo a Vila-Matas te dan ganas de ser para siempre lector. Llegué a Dublinesca a través de una declaración de intenciones lyonesa de la que ya os hablé en verano, Perder Teorías, donde el autor ya apuntaba a una novela donde la escritura es vista como un reloj que avanza y donde el estilo triunfa sobre la trama.
Puedo decir que sí, que en Dublinesca la escritura avanza por las fechas, y es ella misma tiempo, compás de espera hasta el momento del viaje a Dublín, triunfo del estilo y el cómo sobre la trama y el qué. Con estas misiones cumplidas, sin embargo, y aunque durante páginas haya un convencimiento vocacional de que no pase nada, pasan, pasan, y pasan, miles de cosas en esta novela. ¿O no pasan millones de cosas en nuestros interiores? ¿en cada fase extraña de nuestra vida? ¿en lo que no le decimos a nadie, porque cuando por fin lo decimos somos de lo más ridículos?
Pues eso: pasa ese editor retirado, aburrido porque ya no puede beber, abrumado por el Apocalipsis (sea cual fuere), sintiendo cada noche que alguien le observa: ¿un fantasma, un Joyce, un genio, Nueva York?; puteado porque, intuye, esa muerte tan sesentera del autor ha llegado y a él solo le queda sentarse y ser lo peor. Pasan esa gabardina y esos pantalones cortos (que no ayudan), y esos muchachos recurrentes que desaparecen de pronto, como un fantasma, como un Joyce, como el autor de la obra maestra nunca publicada.
En esta novela pasan millones de cosas: pasan amigos, escritores más jóvenes y más vivos, pero que no le llegan a Riba (nuestro editor) a la suela del zapato; pasa el East End; pasa una casa pintada que te ordena que salgas, a la puta calle; pasa un querer y un esperar la mejor de las literaturas.
Pues, y supongo que es algo que nos preguntamos muchos, ¿por qué hay tan pocos escritores ya que sepan de literatura? ¿que sepan tan poquito de la lengua y la literatura? Como bien dice mi hermana, parece que con encontrar una trama "que enganche, a poco bien que escribas" ya lo tienes hecho. A poco bien que...
Más que queja, es celebración de un autor como éste. Salve.


No es el puente de O'Connell, ni hay caballo blanco, pero esta entrada  me deja celebrar uno de los amaneceres más bonitos que no me he perdido durmiendo, como de costumbre. Fue en Dublín, sobre el Liffey, un día de Agosto de 2010.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Barbaries. Breves reflexiones sobre El Miedo a los Bárbaros, de Tzvetan Todorov

Jamás ha habido un valor de civilización que no implicara la idea de feminidad, de ternura, de compasión, de no violencia, de respeto a la debilidad... La primera relación del niño con la civilización es la relación con su madre.
ROMAIN GARY, La nuit sera calme
Siempre resultan el placer y la revelación de un discurso tan lúcido como el del profesor Tzvetan Todorov. Me gusta apelar a este estudioso búlgaro "profesor", pues, ¿cómo nominar a alguien que escribe sobre lingüística, retórica, teoría y crítica literaria, historia, antropología y crítica cultural con la misma solvencia y claridad, con la cortesía del pensador humilde? Sólo se me ocurre a este propósito el término griego polymathís, que ha dejado en nuestro idioma el calco "polimatía", que suena a enfermedad, y una traducción de lo más sosa y cargante: "erudito". Así que, en fin, este hombre que sabe de muchas cosas, nos guía en su ensayo El miedo a los bárbaros por los conceptos clave de barbarie y civilización y sus aplicaciones en la historia de las culturas. Es una lectura clarificadora -y suficientemente neutra- sobre las teorías apocalípticas del "choque de civilizaciones" y demás patrañas simplistas neocon que han surgido después del 11-S.

La parcela del estudio que más nos interesa nos hace reflexionar sobre el concepto dinámico e híbrido de las culturas (en plural), frente al concepto de "civilización" (en singular), como la capacidad de reconocer la humanidad de los demás, reconocer que "los otros tienen la misma dignidad que nosotros aunque sean diferentes". Quizá para entender mejor qué significa "ser civilizado", tengamos que detenernos primero en qué significa "ser bárbaro". Desde la Grecia preclásica, el término "bárbaro" se aplicaba a todo aquel que no manejaba la lengua griega, concretamente servía para dividir el mundo en "griegos" y "persas" (los bárbaros). Es este un sentido relativo del término, por el cual todo pueblo es bárbaro para otro que no hable la misma lengua. A partir de aquí, se desarrolla en la historia un significado absoluto del término: ser bárbaro es ser cruel (considerar a los demás inferiores, incapaces de dialogar -por eso hay que resolver los problemas con la fuerza-, no dignos de vivir en libertad -por eso han de estar sometidos-, etc.)
Siguiendo este razonamiento, nuestra Europa occidental y Estados Unidos se han erigido en el paradigma de "Civilización", en adalides de unos valores que consideran suyos: igualdad, fraternidad, libertad, blabla (y que han trasgredido sistemáticamente en colonizaciones, descolonizaciones, guerras e ingerencias varias), frente a, fundamentalmente, el mundo islámico y, a la cola, las culturas asiáticas, africanas y sudamericanas (todos los "bárbaros" en el mismo saco). Pues bien, a pesar de que podríamos escribir muchas páginas sobre costumbres "bárbaras" de las culturas no occidentales, que no pueden justificarse por la costumbre ni la tradición en ningún caso; hoy vuelvo la mirada a España, que se cuenta entre los países elegidos de Occidente y no puedo más que vocear la barbarie. Por las numerosas tradiciones que conllevan maltrato animal y son una muestra de falta de respeto y de ensañamiento desleal, como el toro de Tordesillas. Por ejemplo.
Pero, desde ahora, hay algo más sobre lo que pensar: si una mujer inmigrante, en situación irregular, tiene que parir en Castilla La Mancha, estará obligada a pagar un mínimo de 2.439 euros. ¿Es acaso esa mujer menos humana que yo? ¿Es su hijo menos humano que los nuestros? A nivel pragmático, la medida es una estupidez, ya que esa mujer no podrá pagar, y facturarán la cantidad a su país de origen. A nivel antropológico, es una aberración. Si la civilización consiste en reconocer la plena humanidad del otro y una misma dignidad, aunque sea diferente, enhorabuena señora de Cospedal, es usted una perfecta bárbara. Otro apellido, otra fortuna, manchando los logros de la civilización occidental.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Sefarad

Pocas veces he tenido una sensación más intensa de viaje y aprendizaje que al terminar mi lectura de Sefarad, de Antonio Muñoz Molina. Como digo, la sensación es tan intensa que me ha costado mucho sentarme a escribir sobre ella. Tanto que aún tengo ganas de levantarme de la silla, abandonar la reseña y salir corriendo a hacer algo "normal", por temor a que el texto no haga justicia a mi visión de la novela.

En primer lugar, he de decir que Sefarad es literatura de la buena -no es que lo diga yo, la novela se publicó en 2001 y ha tenido una recepción excelente de público y crítica. Se trata de una obra compleja en lo estructural y simple en lo esencial, de textos desbordantes de sensibilidad sin sensiblería, duros sin ser corrosivos. Es literatura de esa que hace afición, de la de los párrafos para enmarcar (pues tiene bastantes de este tipo).

Quisiera poder resumir argumentos, condensar mis consideraciones sobre el estilo o la maestría en el manejo de las personas gramaticales para hacer avanzar la diégesis a través de los datos, la apelación, la confesión íntima. No sé si puedo. Lo que sí creo que puedo afirmar como lectora es que Muñoz Molina consigue lo que la Literatura como arte persigue: tocar, por medio del conocimiento y la emoción, lo más profundo del alma humana. Una esencia que es poliédrica, múltiple y se alimenta precisamente de multiplicidades: de historias propias de otros tiempos (una persona vive varias vidas) e historias ajenas, de cualquier tiempo. Quizá sean palabras mayores, pero lo cierto es que la lectura de esta novela me ha tocado el alma. En ocasiones me la ha acariciado y apretujado, pero supongo que eso depende del estado anímico de cada uno en el momento de la lectura, incluso de su propia trayectoria o de su historia familiar.

El extenso recorrido por los exilios y persecuciones resultado de dos derivas totalitarias de opuesto signo ideológico -nazismo y stalinismo-, nos sacude con la épica de nombres conocidos y personajes anónimos. Todos ellos con un denominador común: la angustia de verse arrancados de su casa, de su lugar, de su seguridad cotidiana. Uno de los grandes aciertos de la diégesis (no creo que pueda hablarse de un narrador, las voces y sus características son múltiples) es la búsqueda constante de la empatía y solidaridad del lector, el horizonte presente explícitamente en el relato. El "podrías ser tú" podría no funcionar por demasiado obvio, pero, cómo no podría hacerlo: a través de viajes en tren, del deseo de viaje, de curvas que evocan tu infancia -en el fantástico "Valdemún"-, de ese frío perenne de una habitación de hotel en Moscú en la que el matrimonio Neumann espera una inminente detención, quién no teme ese frío pertinaz en la piernas que no te deja dormir, quién no teme la inminencia de que te arrebaten a la persona que más quieres y tu libertad. El podrías ser tú no deja de funcionar.

Sefarad me deja, pues, bien alimentadas, dos conciencias: la conciencia del viaje y la del aprendizaje.

La conciencia del viaje: a través del motivo del viaje en tren, del viaje como filón literario A veces, en el curso de un viaje, se escuchan y se cuentan historias de viajes, el viaje como salvación, como el niño Isaac Salama y su padre, desde Budapest hasta Tánger, huyendo del holocausto con un salvoconducto de nacionalidad española por su origen sefardí proporcionado por el ángel de Budapest (el diplomático español Ángel Sanz Briz); como para el funcionario de la ciudad de provincias, huyendo de la hostilidad de su vida cotidiana, de su mitad conformista y acomodada. El viaje como realización del deseo, la frontera, Gmünd para Kafka y Milena Jesenska. El viaje como  destierro, la distancia como tortura, en Siberia, Ravensbrück o Auschwitz. El viaje como escenas cinematográficas, las envidiadas, de Copenhague, Tánger, Moscú, Nueva York.

La conciencia del aprendizaje: qué era el NKVD y el indefinido Gulag, quiénes eran Münzenberg,  Eugenia Ginzburg, Margaret Neumann o la mencionada Milena, lo pequeño que resultaba Stalin en persona. Seguir el reguero del antisemitismo, la afrenta histórica de la expulsión de Sefarad (España para la tradición hebrea) en 1492,  los éxodos, desde la judería de Úbeda hasta Amberes o El Tigre. Descubrir que las mismas regiones geográficas sirvieron de refugio a los judíos en su eterna huída y a antiguos jerarcas de las SS quince o veinte años después (Berghof). Cómo era Chueca cuando yo era muy pequeña. Las promesas de futuras lecturas fundamentales: Primo Levy, Jean Améry.

En fin: dejo aquí Sefarad, como promesa futura, para todos aquellos que no la hayan leido: tenéis suerte de poder comenzarla por primera vez. Sentiréis la verdad de poder ser el siguiente perseguido, como Joseph K., y por ello os darán ganas de saltar al primer tren e iros muy lejos para retorcer y estrujar cada intante de vuestra vida. Una lectura inolvidable.


jueves, 2 de agosto de 2012

Conspiradores y antisemitas


Digamos que el tema de esta entrada no está de rabiosa actualidad, ni en lo referente a la novela a la que me voy a referir, ni en lo tocante a los temas y asuntos a los que nos traslada... ¿o quizás sí? Vosotros juzgareis. 
He finalizado la lectura de El Cementerio de Praga, de Umberto Eco; sí, bastantes meses después de que fuera tildada de best seller por críticos y editores. Lo cierto es que el Eco literario vende, mucho más que el Eco semiótico o el teórico de la literatura. Y después de El Nombre de la Rosa la verdad es que no sé muy bien por qué... (lo habéis adivinado, prefiero su obra ensayística y teórica, que me resulta fundamental).
El Cementerio nos traslada al convulso siglo XIX en Europa, una Europa en formación, hecha de retales nacionalistas y reliquias del Antiguo Régimen, abriéndose camino hacia su brillante futuro cimentado en el racionalismo y el progreso... Un fraude. Eso resultó ser el brillante futuro de Europa: un callejón sin salida en el que la gran mayoría de la población quedó acorralada por pulsiones genocidas y fanatismos revestidos de justificaciones intelectuales. Un cul-de-sac maloliente, como en el que se sitúa la guarida de Simonini, nuestro protagonista. Un fraude, como la vida y milagros del citado protagonista. (Por cierto, uno de los grandes aciertos literarios de Eco en esta novela es el travelling inicial por las calles de París, hasta posarnos la mirada por encima del hombro de un Simonini disociado y escondido en su agujero).
Durante, aproximadamente, las primeras 80 páginas del libro, pensé que el autor me estaba vacilando, que me estaba engañando con el título, porque yo no veía el Cementerio de Praga por ningún lado, tan solo las andanzas de un misántropo reprimido y ególatra que vendía sus servicios como falsificador al mejor postor en el transcurso de la revolución de Garibaldi y la formación de lo que hoy conocemos como Italia. 
Pero no, había mucho más. Y hemos de agradecerle a Eco su tesón y erudición a la hora de trabar una ficción histórica tan compleja, aunque el resultado sea una novela demasiado académica en su estructura y un ritmo narrativo ralentizado a veces en exceso por la hiperdocumentación de los acontecimientos de la historia. 
De la mano del capitán Simonini (que ni capitán, ni ná) recorremos, como os digo,  la revolución de los Carbonarios, pero también la Francia del Segundo Imperio, la guerra franco-prusiana y el convulso final de siglo con los días de la Comuna y el caso Dreyfus, un proceso judicial por traición a un militar de origen judío (el citado Dreyfus), que dejó al descubierto el profundo antisemitismo y ultraderechismo que latía en ciertos sectores de la sociedad francesa.
Ya os he puesto en antecedentes sobre los acontecimientos extradiegéticos (o sea, reales), pero no voy a desvelar nada de la trama, o la fábula...o cómo se cuela el Cementerio de Praga en todo esto y qué significa. Solo os diré que nuestro misántropo rezuma bilis y mala leche (si no, no sería un misántropo y tendría menos gracia) hacia todos sus semejantes, pero con especial virulencia hacia las mujeres, los jesuitas y, muy particularmente, hacia los judíos. Se trata de un cabronazo gris y mediocre, que no se yergue con la brillantez que hace memorables a los grandes villanos (este es otro acierto de Eco).
Comencé a leer la novela gracias a una torpe reseña que rezaba así: "el autor coquetea con el antisemitismo..." Afirmar tal cosa equivale a no conocer la diferencia entre autor y narrador (el narrador es una entidad perteneciente a la ficción narrativa, no puede identificarse en ningún caso con el autor real), y al caer en esa trampa bien podríamos decir que el tripón de Simonini y su obsesión por el buen yantar son el reflejo de la barriga de bon vivant del propio Eco, con todos mis respetos (o por lo menos, la que tenía en Granada, la última vez que lo vi en vivo, en 2008). Esto último es más probable incluso que las acusaciones de antisemitismo...
Sin duda alguna el interrogante de calidad que nos deja la novela es: ¿los grandes odios raciales que llevaron al Holocausto y a la aniquilación de todo valor humano durante la segunda guerra mundial se gestaron, mejor, se construyeron, a partir de documentos falsificados y de la manipulación de la opinión pública por parte de un sector de la "inteligencia" y los servicios de espionaje de las principales potencias europeas?
Y si es así, este constructo cultural que es el antisemitismo, ¿ha provocado como reacción inversa -a partir de 1948- el ultranacionalismo israelí y el comportamiento paranoico de ciertos sectores sionistas, que ahora pagan con creces los ciudadanos palestinos en Gaza y Cisjordania?...
¿Estamos solos? Me atrevo a bromear, por distender mi propio estado de ánimo mientras escribo estas líneas,  pero lo cierto es que el tema no tiene ni puñetera gracia.

Amigos lectores, para todos los fans de la novela histórica, El Cementerio de Praga es ineludible; para los que preferís narrativa con menos obviedades, o tengáis menos paciencia, os va a costar más terminarla, pero puede merecer mucho la pena. Todo es cuestión de prioridades.



martes, 31 de julio de 2012

Perder teorías

Perder teorías es una obrita breve (con pedantería lo llamaríamos opúsculo o libellus, en su sentido original latino) del escritor barcelonés Enrique Vila-Matas. 
No entraré a valorar la novelística de este autor, porque no la conozco todavía, así de simple. Pero estoy un poco harta de leer eso de "una de las voces más personales de nuestra literatura actual", así que tengo pendientes por lo menos Bartleby y compañía (seguro que tiene que ver con Bartleby, el escribiente de mi adorado Melville) y Dublinesca (porque me encantan Dublín y Joyce a partes iguales).
Volvemos al "librillo" que nos ocupa. Lo incluyo entre mis reseñas porque me ha resultado sorprendente e instructivo, y creo que puede resultárselo a otros, especialmente a los aficionados a la teoría literaría (en singular, lo mismo da).
Se trata de lo siguiente: un escritor (trasunto del propio Vila-Matas) llega a Lyon como ponente invitado a unos encuentros internacionales sobre la novela. A su llegada sin embargo, ningún miembro de la organización se pone en contacto con él, así que nuestro hombre se encierra en su hotel, a esperar.
Hasta aquí la acción. A partir de aquí, la inacción. Y su fruto "teórico". Durante su espera, el escritor bosqueja una teoría general de la novela del futuro, aunque deja claro que sus premisas se cumplirán tan sólo en su próxima novela (que habría de ser la mencionada Dublinesca). 
Mientras leía, no pude evitar establecer un paralelismo muy particular. Se me ocurría que este libro es la obra teórica de un escritor que no quiere ser crítico; así como Crítica y Verdad (otro opúsculo tremendamente instructivo), es la condensación teórica de un crítico que no quiso ser escritor, el señor Roland Barthes (que escribía mucho mejor que otros muchos llamados "escritores" con sus bombazos editoriales). Bueno, esto son cosas mías.
Diversos aspectos de esta teoría son, a mi modo de ver, destacables. Comenzaré por reseñar los elementos "irrenunciables, imprescindibles" de la novela del futuro:
La "intertextualidad"
Las conexiones con la alta poesía.
La escritura vista como un reloj que avanza.
La victoria del estilo sobre la trama.
La conciencia de un paisaje moral ruinoso.
Recorremos estos cinco elementos y nos encontramos de acuerdo con todos ellos. La "intertextualidad" no sólo es necesaria, sino inevitable. Cada "intentona" (porque a veces son empujes primarios) que hago por escribir está vertebrada por cada lectura que alguna vez hice. El autor nos recuerda el método Sterne y nos descubre a Julian Gracq, y la espera clarividente de sus relatos.
De gran intensidad me resultaron las conexiones con Rimbaud y ese "Todo esto ha pasado". ¿Será verdad, en fin, que ya todo había pasado y que después de la Segunda Guerra Mundial ya no quedó nada por narrar?
¿Qué queda cuando todo lo que ocurre es tan absoluto? La nada.
Y así nos presenta el escritor a "La Espera" como modus vivendi, pues es verdad, siempre estamos esperando algo, siempre somos ese "siguiente" por llamar. ¿Habrá manera de escaparse de la espera? El escritor lo intenta, levantando acta de la misma en forma de teoría de la novela y citando a Pessoa, pues escribir es perder teorías, así como viajar es "perder países", en vez de ganarlos, pues quedan ya fuera de nuestra espera. Quedan hechos. Pierdes modelos, ganas huellas únicas de la vivencia.
Perder teorías es una buena manera de pasar un rato lector y aprender perspectivas, descubrir autores. Es también un espaldarazo emocional para las "intentonas" prácticas de escritura -perdiendo teorías-, pues como dice el trasunto esperante de Vila-Matas:

"... uno no empieza por tener algo de lo que escribir y entonces escribe sobre ello, sino que es el proceso de escribir propiamente dicho el que permite al autor descubrir lo que quiere decir."
Qué alivio.

miércoles, 25 de julio de 2012

La mujer de papel


                       "Alguien se cagó en mi casa. Me busqué un kalashnikov."

La mujer de papel es la lectura por la que he abandonado todas las demás lecturas en este caluroso julio malagueño. La mujer de papel es la nueva novela de Rabih Alameddine, escritor libanés nacionalizado estadounidense, autor del Contador de Historias.

La Mujer de Papel es, por encima de todo, la historia de una vida en clave literaria. Una vida vivida a través de una doble ficción: la de todas y cada una de las novelas alguna vez leídas o traducidas por la protagonista; y la de la vida retransmitida -¿libros, biografías?- de sus autores o autoras. Es por esto que no me ha molestado la traducción del título, “La mujer de papel”, a partir del original An Unnecessary Woman, al contrario, me ha parecido cortesía de la traductora, Gema Rovira, pues Aaliya se me aparece así, de papel escrito, tan frágil y tan preñada de significado a la vez.

Antes de seguir, me veo en el deber de aclarar que es este un libro para amantes y vivientes de la literatura. Sin ningún ánimo de elitismo trasnochado, tan solo deseo evitar malentendidos: para disfrutar de esta novela no solo te tiene que gustar leer, sino también los libros y los escritores, y pactar con la ficción como manera de pasar muchos, muchos ratos de tu vida.

¿Que por qué tanto revuelo con este libro? Para empezar: soy una esteta del papel. Me explico: me encanta el libro electrónico, soy una “integrada”; pero, cuando veo una edición bonita, cuidada, colorista, que huele a Beirut y a biblioteca casera, no me contengo… dejo tirados (¡literalmente!) a un Murakami y a un Philip Roth de bolsillo, y me lanzo a devorar mi nueva adquisición.

Para seguir: este libro cuenta la historia de una mujer libanesa, una beirutí con todas las trazas de la potencia y la tragedia de ese Oriente Medio mítico para mí. Beirut es una ciudad que me fascina desde hace años, aunque no he puesto un pie allí (o quizá precisamente por eso). Las radiografías de Aaliya a su ciudad no están hiperdocumentadas: son emocionales y significativas, recogen la mitología de su pasado fenicio, el drama de sus guerras civiles, su confusión posmoderna. Y todo ello sin apenas datos, con recorridos, calles, barrios, edificios y apartamentos... La indispensable geografía humana completa el relato de esta "marginada patológica" : un ayudante palestino reconvertido en poderoso miliciano; una madre nada maternal enferma de Alzheimer; unas vecinas, las Brujas, que son como las especias en el Mediterráneo Oriental, estridentes e imprescindibles; una gran amiga, la única amiga, tacto humano imborrable.

Tercera  virtud (la primera desde el punto de vista narratológico): el narrador tiene tanta entidad, una voz tan propia, que de verdad crees que quien cuenta la historia es una mujer. El gran logro de esta narradora protagonista es, precisamente, un relato no femenil. Un relato sencillamente humano.

Hacia el final de la novela, el ritmo se ralentiza. Las digresiones, necesarias y pedagógicas (esta mujer es más eficaz que cualquier canon literario), se hacen complejas y ponen a prueba la paciencia del lector. Paciencia, queridos (como diría la propia Aaliya), pues los días son lentos cuando se acerca la muerte -el cambio de ritmo es plenamente coherente con el momento vital de la protagonista-, y las especias se añaden siempre hacia los desenlaces de las recetas, para apreciar mejor su sabor.

Hay muchos aspectos de la novela que me gustaría resaltar, como por ejemplo, lo irresoluto (y terapeútico) del sistema de traducción de Aaliya o su pasión por los grandes inadaptados y suicidas de la literatura (casi) universal; pero entonces esto dejaría de ser una reseña, para pasar a ser una traducción de una traducción, y no queremos "que se pierda el doble".

Por tanto y en suma, leed, queridos, no os arrepentiréis.