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viernes, 27 de junio de 2014

Los mundos sutiles

 Amo los mundos sutiles
ingrávidos y gentiles 
como pompas de jabón...

De entre todos los textos, reseñas de esto y aquello, que estoy esperando a plasmar en este blog después de mi parón opositor, me ha elegido el breve relato del documental sobre la vida y obra de Antonio Machado, "Los mundos sutiles", del realizador Eduardo Chapero Jackson. 
No me detendré en que se trata de poesía en imágenes. no comentaré el lirismo de las coreografías, la intensidad de una oscura Leonor llevando en volandas al poeta hacia su muerte, en un pasillo decadente tras la frontera. 
Lo que me llena de emoción es la capacidad de mezclar el arte con la playa y el extrarradio , de sacudir la pereza de un sofá cualquiera de una casa cualquiera, que impide leer a los poetas de gran nombre, conocidos por todos, de quienes está todo dicho.
Los mundos sutiles honra y engrandece al hombre y al poeta y lo envuelve en pompas de jabón para que no pesen sus años, ni su sombra, ni todo lo ya publicado. Sólo versos, cuerpo y luz.
En cuanto a mí, me levantó del sofá y me llevó de nuevo a la Tierra de Alvargonzález, y de allí estuve sin salir un par de días.
Si queréis reconciliaros con Machado  y con Castilla, incluso hasta con España, en caso de que os hayáis enemistado -lo que por otra parte no sería difícil-, dedicadle poco más de hora y cuarto a este estupendo documental.





sábado, 26 de octubre de 2013

Zweig y las píldoras azules

¿Dónde convergen una novela tradicional de un escritor austríaco de la primera mitad del siglo XX y una novela gráfica publicada por un artista suizo en los primeros años del XXI?

En este compas otoñal de lecturas dispares han caído en mis manos La Impaciencia del Corazón, de Stefan Zweig, y Píldoras Azules, de Frederik Peeters. Volviendo a la pregunta de inicio, la respuesta sería: en el concepto de compasión y cómo en la moral tradicional se lo ha unido indisolublemente a nuestra capacidad de amar, en definitiva, de ser humanos.

La novela de Zweig llevaba por título, anota la editorial Acantilado, La piedad peligrosa, que como veis habla por sí solo. Joven teniente del ejército traba amistad con la hija parapléjica de un noble húngaro, ella se va enamorando en la misma medida que él se va cubriendo de gloria mesiánica por ser tan bueno con la pobre "tullida". Os reseño a continuación lo que de técnico me ha llamado la atención de la novela:
  •  Modernidad, experimentalidad... limitada. 
  • Técnica narrativa, tan líneal como impecable.
  • Profundidad psicológica (topicazo al hablar de este autor en todos los sitios consultados), abrumadora en ocasiones: en algunos párrafos la identificación con el protagonista resulta verdaderamente catártica; abrumadora más bien constantemente: te saltarías páginas enteras porque conoces ya al muchacho como a tí mismo.
La impaciencia del corazón nos coloca frente a frente con lo que podríamos llamar compasión mal entendida: "salvar" a otro ser humano de sí mismo, de sus circunstancias, regodearse en la autocomplacencia de ser tan bueno con alguien para luego... El mensaje no deja de ser una moraleja, nacida de un conflicto moral e individual de cierto interés, pero con demasiados roces místicos y pocas aristas: cuidado con el amor por pena, con pena, sin gloria, que resuelve la pretendida bondad: la descompone y la aniquila por piezas.

Del Imperio Astrohúngaro de en torno al 14 a Ginebra en el cambio de milenio. La obra de Peeters nos transporta a otro código narrativo: el fluir de las imágenes, los planos abstractos al comienzo de cada secuencia, trazos que pueden ser células o soles... viñetas de astros celulares. Bello.

Sutileza en lo metafórico y un lenguaje preciso, sin ampulosidad, ajustado a lo que de verdad quiere decirse. Así nos cuenta el autor la historia de amor entre un joven dibujante y una madre soltera seropositiva. Su relación con la muchacha y su hijo de tres años, también portador del VIH, nos hace temblar de ternura. El protagonista valdea sus miedos, sus dudas a cerca del componente de compasión en su relación con valentía. El álbum recorre las hazañas cotidianas de una pequeña familia y nos transmite cómo es una relación en términos "desiguales" (o "discordantes" , como les insinúan a los personajes al comienzo de la narración): no esconde sus complejidades. Hay miedo: al contagio, al equilibrio en su relación con el crío, a que la identidad de enferma de la persona amada pese más que todo lo demás.

Pero, y podría decirse que la diferencia entre las dos historias radica en la época pero me inclino más a pensar que es cuestión de las personas, en ésta no hay pena. Miedo hemos dicho, dudas, rabia, pero no la compasión clásica y pringosa.

La historia nos sorprende porque convierte un statu quo trágico en una intensa aventura vital y a la  mitad enferma de la pareja en objeto de constantes dosis de admiración.

Os recomiendo ambas obras, según el tiempo y la disponibilidad para la lectura. El de Zweig es un novelón, con lo bueno y lo malo de lo decimonónico, y el álbum de Peeters lo recomiendo como arte gráfica (como inexperta pero entusiasta del género), como historia... y como amor.


lunes, 18 de febrero de 2013

Cultura neutra

Se ha calificado la gala de los premios Goya celebrada ayer como "muy reivindicativa", donde premiados y presentadores exhibieron un "lenguaje muy crítico" contra la política de recortes del actual gobierno. No ví la ceremonia completa, pero sí escuché el discurso de agradecimiento de Candela Peña: muy crítico desde lo más personal, un discurso dolorido. También la introducción a no sé qué premio de Corbacho, directamente dirigido al invitado Wert, sin paliativos, al 21%.

El discurso del presidente de la academia fue más neutro, como considero que corresponde a su papel institucional, e hizo hincapié en la necesidad de no abandonar el cine, la cultura en general, a su suerte en tiempos de crisis. Suyo es también el manido titular de hoy por la mañana "el cine no es ni de los del bigote, ni de los de la ceja, ni de la barba". Así, o parafraseado.

Si bien es cierto que el cine, como el arte, no debería seguir consignas ni dogmas, de partido, ni de ningún otro tipo, mi opinión es que es difícil, y no sé por qué tendría que ser deseable, que ningún mensaje artístico sea ideológicamente neutro.

Porque si los poemas, las novelas, los grandes murales, las obras de teatro o las películas fueran asépticas, inocuas, neutras, no estarían contando absolutamente nada de quien las produce, ni tampoco de quien eventualmente pudiera recibirlas.

La ideología que transmite el arte depende en gran manera del sentir de su creador, pero también de sus circunstancias. En estos momentos, más allá de decir que el cine no es de derechas ni de izquierdas, por encontrarnos no ya en la época del "fin de los grandes relatos", sino en la época en la que los "grandes relatos" ideológicos están siendo pisoteados por sus propios abanderados, de uno y otro bando, nos queda reivindicar un cine, un arte, humanos.

La ideología que siempre ha transmitido el arte -menos en contextos de censura y propaganda burda- ha sido siempre puramente humana. Las formas varían, los signos varían, pero, en esencia se trata de contar cómo somos, cómo nos inventamos, qué podemos imaginar, qué podemos llegar a vivir, qué nos pueden obligar a hacer, cuáles son nuestras zonas más brillantes y más oscuras, incluso cómo nos gustaría que pudiéramos llegar a ser. En definitiva, el arte está hecho de humanidad, y la humanidad es de todo menos neutra.

Hace más o menos diez días asisití a la que, de momento, ha sido la experiencia teatral más completa e intensa de mi vida: la representación de Un trozo invisible de este mundo escrita por Juan Diego Botto, en el teatro Cänovas de Málaga. Estos últimos días he estado pensando en si escribir una reseña sobre la representación, pero no me venían las palabras. Pensé que quizá, cómo siempre me pasa, tendría que dejar pasar bastantes días para que el poso emocional llegara al fondo y así poder escribir sobre ello... el caso es que al ocurrir esta entrada no puedo no mencionarlo.

Es tal la pluralidad de sentimientos, las posibilidades de sentir que te da este texto y su versión espectacular, que corro el riesgo, como siempre, de perderme en océanos de palabras. Intentaré no hacerlo, pues se lo debo al texto de Botto, donde cada frase es ajustada a su significado, donde el humor es fino y bueno, donde la rabia aflora sólo cuando tiene que aflorar. Se lo debo a cada movimiento y presencia de los dos actores, a cómo destierran el buenismo y la impostura que muchas veces acompañan a los discursos "sociales" sobre inmigración, a cómo se comprometen con la sinceridad de cada historia. 

Esta experiencia, que tiene todo lo que se le puede pedir al gran teatro: la fuerza ritual, verbal, visual, es de todo menos ideológicamente neutra. Y por supuesto que se acerca más a un "bando" que al otro, pero eso son las personas que componemos los "bandos" los que tenemos que decidirlo. Allá cada cuál. El autor nos está diciendo, más o menos, digo yo: "Eh, mirad, ¿por qué cojones nos cuesta tanto ser humanos, a veces?"

Al final de la representación, entre ovación y ovación, Juan Diego Botto recoge en una frase de Lorca la misma reivindicación -en el fondo- que se hacía ayer en los Goya, parafraseándola dice que un pueblo que no cuida su teatro, es un pueblo que está moribundo... Cuán diferente es la forma de pedirlo. Con Lorca se puede seguir pidiendo dinero en definitiva, pero además se pide arte desde el arte.

Y otra cosa básica que se debe pedir desde un verdadero discurso humanista y artístico reivindicativo: atención. Porque con todo lo que está pasando, con los retrocesos tan brutales en los servicios públicos esenciales y la merma de inversión en educación, cultura, ciencia e innovación, lo que estamos es creando una sociedad tan poco igualitaria como peligrosa. Ya estamos en una sociedad muy desigual pero, ¿qué pasaría si las desigualdades fueran tan bestias que no pudiéramos reconocernos en casi nadie?


En fin, que está bien que se diga y se rediga, aunque sea desde las lentejuelas y que la gente que está en la puta calle (y ojo, según en qué calle, claro) se queje de que es muy fácil ser reivindicativo cuando se es famoso, que es verdad. Está bien que se digan las cosas, pues si el ministro es un toro bravo, que le echen capote aquellos que pueden encontrarse, ocasionalmente, en las mismas plazas que él. Los demás, seguiremos consumiendo cultura -pirata y no, seamos realistas-, y que siempre nos quede algo de dinero para ir a ver una obra como Un trozo invisible de este mundo, porque merece la pena pagar porque nos recuerden así que sí, que podemos realmente ser humanos.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Tránsito e instante

"Pero al viajar siento que no peso, que me vuelvo invisible, que no soy nadie y puedo ser cualquiera, y esa ligereza de espíritu se trasluce en los movimientos de mi cuerpo, y voy más rápido, más desenvuelto, sin la pesadumbre de todo lo que soy, con los ojos abiertos a las incitaciones de una ciudad o de un paisaje, de una lengua que disfruto comprendiendo y hablando, ahora más hermosa porque no es la mía. Habla Montaigne de un presuntuoso que ha vuelto de un viaje sin aprender nada: cómo iba a aprender, dice, si se llevó entero consigo."
Sefarad, Antonio Muñoz Molina. Copenhague, Vetusta Morla
Una bitácora es un cuaderno de navegación, bien sea en papel o carretera. Una entrada es el aliento entre verso y verso, entre melodía y piel.

miércoles, 25 de julio de 2012

La mujer de papel


                       "Alguien se cagó en mi casa. Me busqué un kalashnikov."

La mujer de papel es la lectura por la que he abandonado todas las demás lecturas en este caluroso julio malagueño. La mujer de papel es la nueva novela de Rabih Alameddine, escritor libanés nacionalizado estadounidense, autor del Contador de Historias.

La Mujer de Papel es, por encima de todo, la historia de una vida en clave literaria. Una vida vivida a través de una doble ficción: la de todas y cada una de las novelas alguna vez leídas o traducidas por la protagonista; y la de la vida retransmitida -¿libros, biografías?- de sus autores o autoras. Es por esto que no me ha molestado la traducción del título, “La mujer de papel”, a partir del original An Unnecessary Woman, al contrario, me ha parecido cortesía de la traductora, Gema Rovira, pues Aaliya se me aparece así, de papel escrito, tan frágil y tan preñada de significado a la vez.

Antes de seguir, me veo en el deber de aclarar que es este un libro para amantes y vivientes de la literatura. Sin ningún ánimo de elitismo trasnochado, tan solo deseo evitar malentendidos: para disfrutar de esta novela no solo te tiene que gustar leer, sino también los libros y los escritores, y pactar con la ficción como manera de pasar muchos, muchos ratos de tu vida.

¿Que por qué tanto revuelo con este libro? Para empezar: soy una esteta del papel. Me explico: me encanta el libro electrónico, soy una “integrada”; pero, cuando veo una edición bonita, cuidada, colorista, que huele a Beirut y a biblioteca casera, no me contengo… dejo tirados (¡literalmente!) a un Murakami y a un Philip Roth de bolsillo, y me lanzo a devorar mi nueva adquisición.

Para seguir: este libro cuenta la historia de una mujer libanesa, una beirutí con todas las trazas de la potencia y la tragedia de ese Oriente Medio mítico para mí. Beirut es una ciudad que me fascina desde hace años, aunque no he puesto un pie allí (o quizá precisamente por eso). Las radiografías de Aaliya a su ciudad no están hiperdocumentadas: son emocionales y significativas, recogen la mitología de su pasado fenicio, el drama de sus guerras civiles, su confusión posmoderna. Y todo ello sin apenas datos, con recorridos, calles, barrios, edificios y apartamentos... La indispensable geografía humana completa el relato de esta "marginada patológica" : un ayudante palestino reconvertido en poderoso miliciano; una madre nada maternal enferma de Alzheimer; unas vecinas, las Brujas, que son como las especias en el Mediterráneo Oriental, estridentes e imprescindibles; una gran amiga, la única amiga, tacto humano imborrable.

Tercera  virtud (la primera desde el punto de vista narratológico): el narrador tiene tanta entidad, una voz tan propia, que de verdad crees que quien cuenta la historia es una mujer. El gran logro de esta narradora protagonista es, precisamente, un relato no femenil. Un relato sencillamente humano.

Hacia el final de la novela, el ritmo se ralentiza. Las digresiones, necesarias y pedagógicas (esta mujer es más eficaz que cualquier canon literario), se hacen complejas y ponen a prueba la paciencia del lector. Paciencia, queridos (como diría la propia Aaliya), pues los días son lentos cuando se acerca la muerte -el cambio de ritmo es plenamente coherente con el momento vital de la protagonista-, y las especias se añaden siempre hacia los desenlaces de las recetas, para apreciar mejor su sabor.

Hay muchos aspectos de la novela que me gustaría resaltar, como por ejemplo, lo irresoluto (y terapeútico) del sistema de traducción de Aaliya o su pasión por los grandes inadaptados y suicidas de la literatura (casi) universal; pero entonces esto dejaría de ser una reseña, para pasar a ser una traducción de una traducción, y no queremos "que se pierda el doble".

Por tanto y en suma, leed, queridos, no os arrepentiréis.






sábado, 7 de abril de 2012

Vanguardia y resistencia

La definición generalizada de un conservador cuando se habla de las vanguardias poéticas de comienzos del siglo XX es que una manada de burgueses aburridos con sus necesidades cubiertas se dedicaron a escupir sobre los cánones estéticos establecidos, con mucha pompa programática pero poca solidez de criterios intelectuales y artísticos. Si es un conservador con sensibilidad artística y orgulloso de ser español, salvará el Cubismo -por Picasso, faltaría- y los arrebatos surrealistas de Lorca, Alberti, Aleixandre... -que este último fue premio Nobel, faltaría-.
Si el que define es un "progre" amante de la literatura, dirá que solo con estos revulsivos colectivos, por efímeros que fueran algunos, se consiguió la ruptura radical y necesaria con los preceptos que regían el arte como causal y mimético hasta aquel momento. Dirá que necesaria porque el arte convencional no puede sostenerse si el mundo convencional no puede sostenerse. Y el llamado mundo civilizado no se sostenía ante ninguna mirada, caía muerto a muerto durante la Primera Guerra Mundial a causa de los tirones genocidas de las potencias de cada eje en liza.
Un estudiante de, pongamos Filología, de comienzos del XXI, en un ejercicio de distanciamiento y cinismo, bien podría estar de acuerdo con el conservador y el progre, a la vez y sin grandes dilemas.
Pero cuando el estudiante decide que el arte, la literatura, forma parte de la vida, no puede más que decantarse por una u otra actitud ante ambas. Pues es nuestra actitud la que define nuestra mirada y nuestros actos, que, aunque uno crea que nada lleva a cabo, sí lo hace. Siempre hay pequeñas elecciones que marcan diferencias en nuestra vida, y algunas de ellas están muy relacionadas con el arte en todas sus formas, y nuestra mirada y postura ante esas formas.


Considero que ahora, y puesto que tenemos que elegir "qué hacer con el tiempo que se nos ha dado", el estudiante debe
preguntarse qué es Vanguardia o pimera fila.
Si Vanguardia es estrictamente la exploración visual y explotación de los nuevos recursos tecnológicos para, sin duda, hacer avanzar las formas estéticas.
Si Vanguardia es tirarle piedras a la Gioconda (Esta opción no funciona en España, se ha intentado muchas veces, y no funciona. No digo que sea bueno o malo, simplemente no funciona, porque en España siempre hay un neotradicionalismo del que echar mano).
Si Vanguardia es rechazo sistemático a las estructuras establecidas por una determinada cultura empoderada económicamente.
Si Vanguardia es una vuelta a la canción protesta, porque un porcentaje abrumador de familias van a quedar sumidas en la pobreza en los próximos cinco o diez años.
Si Vanguardia es un sálvese quién pueda, que yo voy a echar un día más porque tengo un sueldo, vivo bien, y no voy a leer nada más que lo que caiga accidentalmente en mis manos...

El estudiante asume que Vanguardia es Resistencia: pues se puede resistir con imágenes ultraístas, que mezclan sentido y sensibilidad; con los ángeles de Alberti, con la manzana surrealista de Lorca; con una greguería de Ramón; con pataleos dadaístas y con Breton; con Buñuel, con Nosferatu y con Einsenstein... porque, en definitiva, una lluvia de mierda se resiste mejor con la mente afilada y los sentidos alerta, estando siempre atento a la acción y la reacción. Con la mente afilada y estando siempre abierto a la sugestión artística. Una manera como cualquier otra de resistir.

sábado, 28 de enero de 2012

MIdnight in Paris

Ayer Woody casi me convence de que la mejor época de la historia del mundo eran los años veinte, en París sin duda, donde la vanguardia se bebía como absenta y las luces te hacían delirar. Los nuestros se juntaban con estos y con aquellos, y con los que habrían de llegar y ser tan grandes que no pueden recogerse en las páginas de ningún manual escolar.
Son las películas así las que hacen que pienses en clave musical, las que te hacen pensar que, ¿por qué no?, también hay para ti rondando un coche que sea máquina del tiempo y te haga soñar.
Te hacen querer seguir siendo un poco distinto aunque le pese a tu entorno, y aferrarte al romanticismo sin pestañear.
Te hacen leer a Hemingway y suspìrar por el incorregible Picasso cuando pasas por el portal de su casa natal.
Te hacen, en definitiva, querer viajar a París mil veces más.
No te canses, Woody, de momento, y haz que nos durmamos al son de tu clarinete en el sofá muchas noches de viernes más.

miércoles, 11 de enero de 2012

Clair de Lune

Perfecto epitalamio. O calmada iniciación a una nueva lección ritual. O cierre de velada. O acompañamiento a la salida de una vinoteca florentina, al caer la tarde. O transición a la escucha de piezas líricas.
Todo ello me sugiere Debussy, al redescubrir casualmente este Claro de Luna.


¡Ah, se me olvidaba! Y que la música amansa a las fieras más fieras...


domingo, 20 de noviembre de 2011

"Cómo hacer crac"

Ya hace muchos años de aquel concierto en el corazón de Oviedo, al que llegué tambaleante y muerta de la risa, donde escuché desde una posición privilegiada, a Nacho Vegas a la voz y la guitarra y al batería de Las Esferas Invisibles. Han llovido muchísimas canciones, otros conciertos, todos en la cornisa cantábrica -estoy convencida de que es allí donde mejor se entiende su música-, tarareos por la calle, gritos en el coche y hasta dos versiones de danza-teatro en plena ola de calor ateniense con aquello de los "catorce ochomiles". Todo ello pasó y me pasó por y con sus melodías, sus versos transparentes, hirientes, bellos.


Y ayer me topo... mentira. Me redirige un gran conocedor de su música y gran amigo a la escucha de un mini long play llamado "Cómo hacer crac". Seis canciones. Y el entendimiento hizo "crac", y solo quedó el alma. Y la música. La certeza de que el arte puede hacerte ver la interpretación de la realidad más cercana a la verdad. Esa verdad artística demonizada solo ocurre en contados instantes. En estas canciones hay varios.

Antes, solo fue el caos. Y se hizo el "crac".